Mwezi Kati (3ª Parte)

Eka sintió algo. Tal vez el residuo de una llamada de auxilio. La anciana se sobresaltó pero no permitió que la madre de Suli se percatara y continuó aplicando los ungüentos sobre el cuerpo del niño como si nada hubiera ocurrido. La Chamán había notado claramente una sensación de peligro. No podía haberlo imaginado. Era algo tan real. Miedo y sorpresa enlazados. Pero… ¿De dónde le llegaba esa sensación?. ¿Quizás Mukalai en una situación de tensión?… ¿Acaso era posible?. Tan pocos podían hacerlo… Si así fuera eso significaba que…

Debía estar atenta por si había una próxima vez.

* * *

A Mukalai cada vez le resultaba más costoso escalar la Gran Montaña. A su cansancio se unía una pendiente escarpada y resbaladiza que le obligaba a mantenerse alerta en todo momento. No solo no debía distraerse porque el tiempo era esencial para lograr su propósito, sino que tenía que estar con los ojos bien abiertos por si otro animal salvaje se cruzaba en su camino. Afortunadamente el leopardo parecía no haberle seguido y, seguramente, estaba haciendo la digestión tras su copiosa cena. Al menos ese era el deseo que albergaba el muchacho.

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el comienzo de su escalada?. Si tan solo pudiera saberlo. Durante el día resultaba sencillo calcular las horas pero por la noche la tarea se convertía en algo mucho más complicado e inexacto. Tan solo sabía que cuando las primeras luces del alba acariciaran la cima de la montaña, él ya debía estar allí teniendo en sus manos la planta que podía salvar la vida de su hermano.

Un extraño sonido llegó a los oídos de Mukalai. Algo rítmico y acompasado. Conforme ascendía se hacía cada vez más perceptible. Y más atrayente. Pronto divisó un saliente sobre su cabeza y al alcanzarlo se encontró en un llano por donde serpenteaba un camino que conducía hacia el sonido: la música de un tambor lejano. Nada sabía de lo que el Destino podía disponer para él en esa ocasión pero, teniendo en cuenta que esa misma noche había hablado con un enorme espíritu con forma animal y una mujer cuyo cabello era niebla e incluso había volado a lomos de una cebra, Mukalai empezaba a creer que cualquier cosa era posible. Por eso casi ni se inmutó al contemplar una extraña escena. Un extraordinariamente delgado anciano, sentado sobre una roca, tocaba el Djembe y reía sin parar. A su lado, tres bailarinas de fuego nacían de una hoguera y danzaban enfebrecidas al son de la música. Curiosamente, esta vez fueron los espíritus los que se sobresaltaron al descubrir la presencia del muchacho. El anciano dejó de tocar bruscamente y miró al chico con recelo.

¿Intentas escalar la Gran Montaña? – Preguntó con una voz cascada y reseca.

– Así es. Tengo una misión que cumplir – Contestó Mukalai con cierto tono de desafío.

El decrépito viejo volvió la vista hacia las mujeres ígneas que cuchicheaban unas con otras tras oír la respuesta del joven. Sus palabras sonaban como el ruido que hace el incendio de un bosque.

¡Callaos malditas chismosas! – Bramó el anciano asustando a las bailarinas – Cualquiera que emprende semejante tarea merece el mayor de los respetos. Tal vez sea un héroe… o un insensato.

El viejo sonrió a Mukalai mostrando una dentadura digna de la peor pesadilla. Los dientes le habían crecido dentro de la boca sin orden alguno y era fácil encontrarse con dos o tres apelotonados unos sobre otros frente a algunos excesivamente distanciados. El anciano se levantó para dirigirse al muchacho. Vestía con diversas pieles de animales que parecían haber sido unidas entre si por alguien que era la primera vez que cosía en toda su vida y quedaban descolgadas por algunos lados y cortas por otros. Su aspecto era francamente grotesco.

Supongo que tienes motivos muy firmes y nobles para arriesgar tu vida de semejante manera pero antes de que continúes tu camino es necesario que escuches la historia que voy a contarte: Nehanda y Basilu eran dos amantes avocados al infortunio. Lo sabían incluso antes de huir de su poblado oponiéndose a lo que sus familias habían elegido para ellos. Nehanda era la hija del jefe de la aldea y buscando mejorar las relaciones con una tribu vecina había sido prometida a Bomani, cabecilla de un clan guerrero. Pero el Destino, que a tan extraños juegos juega, hizo que su corazón solo se conmoviera ante la presenciase de Basilu, el hermano pequeño de Bomani. Y él quedó preso de su belleza la primera vez que la vio. Apenas restaban unos días para las nupcias y la situación de los amantes era tan desesperada que decidieron escapar lo más lejos posible. Sabían que les perseguirían en cuanto se dieran cuenta de la huída y que si les encontraban eso significaba la muerte para ambos, pero si existía la más mínima posibilidad de lograr estar juntos tenían que aprovecharla. Su escapada les llevó hasta las faldas de la Gran Montaña. Parecía un buen refugio pues muy pocos se atrevían a adentrarse en sus terrenos a causa de las leyendas que se cuentan sobre el mágico lugar. Puede que siguieran sus huellas, pero cuando descubrieran su paradero preferirían no arriesgarse. Basilu conocía bien a su hermano y sabía que Bomani, a pesar de su fama de fiero guerrero, era un hombre temeroso de los espíritus. Nehanda y Basilu creían que podían aprovecharse de ello pero la Gran Montaña somete a duras pruebas a todos aquellos que quieren cruzarla y solo unos pocos elegidos pueden completar su escalada. Los amantes… no formaban parte de esos elegidos. El Amor que les había unido fue minándose con el paso de los días y la situación en la que se encontraban. Vivían encarcelados en medio de la Sabana. Su confianza se volvió quebradiza y la Gran Montaña lo sintió. Ni siquiera hizo falta que Bomani descubriera su paradero. La Gran Montaña castigó esa falta de Fe en sí mismos… con crueldad. – El anciano agarró a Mukalai por los hombros con fuerza inusitada y con una expresión casi de desespero en su rostro – ¿Crees en tus posibilidades muchacho?.

Mukalai no se esperaba eso. Cuando antes de emprender el viaje la Chamán le dijo que su Fe iba a ser probada supuso que se refería a sus creencias religiosas, ante las cuales no albergaba dudas, pero que alguien le preguntara si creía en sí mismo le había sorprendido. No obstante, Mukalai tal vez tuviera incertidumbre en su corazón puesto que se estaba enfrentando a algo desconocido para él pero su propósito era firme y sus convicciones permanecían inmutables desde el primer momento. Su respuesta fue afirmativa.

Entonces ya estás preparado para afrontar la primera prueba – El anciano le indicó la senda por la que debía seguir. El muchacho agradeció su ayuda al viejo y se dispuso a continuar su camino. De repente las bailarinas de fuego se pusieron frente a él formando una barrera e impidiéndole el paso.

– ¿Qué significa esto? – Mukalai se volvió hacia el anciano en busca de explicación.

Te lo he dicho. Tu primera prueba.

Mukalai se quedó momentáneamente paralizado. A decir verdad, el muchacho no estaba seguro de como enfrentarse a aquella situación. Si al menos hubiera agua por alguna parte podría intentar lanzarla sobre las mujeres para apagar las llamas. Pero no era el caso. No tenía nada con que ayudarse contra el fuego. Se le pasó por la cabeza la loca idea de agarrar al andrajoso anciano y arrojarlo contra las bailarinas. Con un poco de suerte se apartarían dejando el paso libre. Claro que ese pensamiento era demasiado ruin y dudaba mucho que fuese la solución a su problema.

El viejo había insistido en que la Fe en sí mismo le ayudaría a superar el reto así que a Mukalai solo se le ocurría una cosa que hacer. Era una idea tan descabellada como la de usar al anciano como escudo pero no tenía otra. Si no funcionaba… Mejor no pensarlo. Tenía que funcionar. ¡Debía funcionar!.

Cerró fuertemente los ojos y se lanzó corriendo hacia las llamas.

Y no sintió nada.

Nada le quemaba.

¡Bravo!.

El grito del anciano le obligó a abrir los ojos. Mukalai había atravesado el fuego sin consecuencias de ningún tipo y las bailarinas quedaban a unos metros detrás de él. De hecho estaban riendo. Parecían tan contentas como el viejo. El muchacho se dejó contagiar por la alegría. Había superado la primera prueba. La confianza en sí mismo, su valor y una pizca de temeridad habían obrado el milagro.

¡Lo has logrado chico!, ¡Lo has hecho!. – Dijo el viejo mientras le lanzaba algo. Mukalai lo atrapó en el aire. Era un pequeño fardo de tela. Lo abrió y dentro había un cuchillo. – Puede serte útil para el siguiente reto. Pero dale uso únicamente si es necesario.

– Gracias – Repuso el muchacho con una enorme sonrisa. El anciano también le sonreía. Mukalai creyó ver que sus dientes estaban perfectos, su ropa era más vistosa, parecía más corpulento y, tal vez, era un poquito mas joven. Pero claro, con la euforia que sentía en esos momentos no era de extrañar que tuviera visiones.

Contento con su triunfo, Mukalai se despidió del viejo y de las mujeres de fuego y continuó su camino dispuesto a afrontar con renovadas energías la siguiente prueba.

* * *

Eka recogió los paños mojados en los que había secado la fiebre de Suli y los escurrió en un cuenco. El niño había empezado a recuperar el color de las mejillas y ya no deliraba en sueños pero estaba todavía lejos de curarse. Acarició el hombro de la madre del jovencito que permanecía a los pies de la cama, pendiente de su pequeño, y salió de la casucha a respirar un poco el aire. Necesitaba relajar las piernas y desentumecer sus doloridos músculos. La luz de la Luna le recibió con agrado. El poblado dormía. Tan solo los guardianes permanecían despiertos. Se estiró como si acabara de despertarse y escuchó como crujían sus huesos gastados por los años.

Eka, vieja amiga, ya no eres una chiquilla. – Se dijo. Sonrió para sí misma liberando las tensiones acumuladas y cerró los ojos descansando momentáneamente la vista. De repente, un estallido en su cerebro. Una imagen le vino a la cabeza. Una sensación de nervios, violencia y pánico. La anciana cayó de rodillas sobre la arena.

– ¡Mukalai! – Pronunció en un grito ahogado. Tenía que enfocar la visión. Era necesario. Si no jamás podría ayudar a muchacho. Trató de calmarse pero era complicado pues, en esos momentos, estaba sintiendo lo mismo que sentía Mukalai. El corazón se le salía del pecho. No podía dejar que las emociones nublasen las imágenes que le llegaban. La anciana respiró profundamente varias veces seguidas y se concentró al máximo.

* * *

(CONTINUARÁ)

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2 comentarios

  1. ShaO said,

    mayo 5, 2007 a 7:29 pm

    Pasaba a ver si el chaval seguía pasando pruebas o tenía que pedir el comodín del público.

    Esto me recueda la peli de Indiana Jones cuando no se acordaba como se escribía Jehová. Lo de usar al abuelete como ariete (encima me ha salido una rima, 2 si contamos esta parida) es lo mejor Jajaja. “Ardo” yo tb en deseos de conocer las siguientes pruebas.

    Pobre chaval, la lata que le está dando la cosa!

    Besitos.

  2. mayo 6, 2007 a 1:26 pm

    Pasé A dejarte un besiitO
    Y a entretenerme un rato leyendo tus historias!!

    besOs!


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