Mwezi Kati (2ª Parte)

La Luna brillaba en lo alto de un cielo despejado. La aldea no quedaba ya al alcance de la vista. La inmensidad del desierto se extendía ante los ojos del muchacho y solo podía distinguirse la silueta de la Gran Montaña rompiendo la línea del horizonte. Mukalai se había sentado sobre una roca y repetía una y otra vez el conjuro que le había enseñado Eka.

Hacía frío pero el joven apenas lo notaba. Estaba demasiado concentrado llamando al Caminante Nocturno como le había indicado la hechicera. Tenía la vista fija al frente, mirando a ninguna parte, cuando creyó ver a lo lejos como la tierra parecía despedir una nube de polvo. No podía ser una estampida. ¿O si?. Al menos sonaba como si lo fuera. La nube se acercaba rápidamente a Mukalai quien se encontraba justo en medio de su trayectoria. Cualquier otro hubiera corrido a esconderse, a apartarse, pero Mukalai no se movió. La Chamán le había dicho que, viese lo que viese, permaneciera firme en su sitio. Con determinación. Solo esperaba que la anciana no se hubiera equivocado. Acabar aplastado por una manada de Ñus enloquecidos no parecía la mejor manera de poder ayudar a su hermano.

La nube acortó terreno hacia Mukalai. Cada segundo se hacía más grande. Enorme. El sonido de pisadas era cada vez mas intenso. El muchacho cerró los ojos ante el inminente encontronazo. Y de repente…

Silencio.

Mukalai abrió los ojos desconcertado. La nube se había detenido justo enfrente. Vista de cerca no era polvo lo que parecía sino mas bien niebla. Una bruma que se agitaba con vida como los remolinos de agua. Por la niebla asomó una cabeza de mujer.

¿Se puede saber qué haces ahí parado?. ¿Te importaría moverte para que pueda continuar mi camino? – Dijo la cabeza.

Mukalai se quedó sin habla.

Chico… ¿Me has oído?. ¡Aparta!. Necesito pasar – La mujer salió completamente de entre la niebla que la envolvía. No era mucho más alta que Mukalai y tenía el cuerpo cubierto de pinturas amarillas que destacaban enormemente frente a la oscuridad de su piel pero lo realmente sorprendente era que la bruma provenía de su cabello, formando ondas y bucles en continuo movimiento.

¿Es que eres mudo? – La extraña mujer comenzaba a impacientarse.

– P-perdón Señora pero no puedo moverme de mi sitio hasta lograr hablar con el Caminante Nocturno – Acertó a decir el muchacho casi sin titubear.

Ah… ¡Vaya!… Sabes hablar… Qué bien… ¿Y para que buscas al Caminante?

– Señora… ¿Eres tú el Espíritu que esperaba?. Si no lo eres no puedo decirte el porqué de mi necesidad.

¿Yo?. ¿El Caminante?… Lo soy… En cierto modo – La mujer elevó su cara al cielo nocturno y extendió los brazos a ambos lados formando una cruz. El viento comenzó a soplar con fuerza. El neblinoso cabello de la mujer se agitó violentamente deshaciéndose y disipando gran parte de la bruma. Tras ella Mukalai pudo ver una figura mayor. Colosal. Resultaba increíble que la tierra no se hubiera hundido bajo su peso. Era el animal más grande que jamás había visto. En realidad sabía que nunca volvería a ver algo parecido. Un gigantesco elefante de piel blanca y largos colmillos negros le estaba mirando fijamente. Mukalai no daba crédito a lo que presenciaban sus ojos.

La mujer sonrió divertida al ver la expresión de sorpresa que se había formado en la cara del chico.

Ahora ya puedes hablar con el Caminante Nocturno – Dijo sin más.

* * *

La tribu de Mukalai era creyente. Sabía de la existencia de Dioses y de Espíritus y les veneraba y ofrendaba según sus tradiciones pero una cosa era tener las creencias y otra muy distinta toparse de bruces con aquello que, hasta ese momento, resultaba ser algo mas bien intangible. Poco más que una idea del pensamiento colectivo.

Mukalai había estado hablando de tú a tú con dos Espíritus hacía apenas unos momentos. Todavía podía ver el rastro de niebla que había dejado la mujer y, si escuchaba atentamente, aún oía el retumbar de las pisadas del Caminante Nocturno a pesar de la distancia que les separaba.

El descomunal elefante no había abierto la boca ni una sola vez pero Mukalai había sentido su voz dentro de la cabeza. Una voz grave pero cálida que parecía acunarle con cada sílaba que pronunciaba. Ahora el muchacho sabía que su misión era escalar la Gran Montaña en busca de la planta que podía salvar la vida del pequeño Suli y que, durante la escalada, sería sometido a tres pruebas para demostrar que era merecedor del premio que anhelaba. Todo ello debía hacerlo esa misma noche, mientras brillase la Luna llena. ¡Pero resultaba imposible!. ¿Cómo iba a llegar a la cima de la montaña en tan poco tiempo si aún tenía que recorrer la distancia que le separaba de la base?. Y luego estaba otro problema: Entendía que la Chamán le hubiera dicho que frente al Caminante no debía mostrarse con armas pues podría considerarlo una ofensa pero ¿Y si se enfrentaba a algún peligro?.

– La Fe, la Compasión y la Sabiduría serán tu escudo – Habían sido las palabras de la anciana.

Mukalai no estaba muy seguro de que eso garantizase su supervivencia pero la vida de su hermano pendía de un hilo y él haría todo lo posible por salvarlo. El muchacho empezó a correr por la Sabana como alma que lleva el Diablo. Tenía que llegar como fuera a las faldas de la Gran Montaña. Su frente se llenó de sudor, su respiración se entrecortaba, su pulso se aceleraba. ‘Demasiado lejos’ parecía decir la tierra. ‘No llegarás a tiempo’ susurraba el viento. Mukalai era un muchacho atlético pero la distancia era demasiada. Ni siquiera su firme convicción parecía capaz de ayudarle a lograr su objetivo. El corazón le latía con fuerza. Tenía los músculos en tensión. Se estaba esforzando al límite. Un inoportuno tropiezo le hizo caer al suelo. Agotado. Las lágrimas cubrieron su rostro. ¿No iba a poder salvar a su hermano?. Intentó incorporarse pero las fuerzas le fallaban. Apenas pudo caminar unos pasos y volvió a caer exhausto sobre la tierra. Sollozaba como un niño cuando sintió que algo húmedo le rozaba el cuello.

Era la lengua de una cebra. La suerte le sonreía. Mukalai vio renacer de nuevo la esperanza y eso renovó sus fuerzas. Se montó sobre el animal que en todo momento se mostró dócil y servicial. Eso era obra de Espíritus. ¡Tenía que serlo!. El Caminante Nocturno le estaba ayudando. Sin duda.

La cebra emprendió el galope. Era muy veloz. No corría sobre el suelo. Lo hacía sobre el viento. Como si cabalgase sobre las corrientes de aire. En apenas segundos el chico estuvo a los pies de la montaña. Desmontó al animal y se tomó un instante para sopesar por dónde iba a ser mas fácil subir. Era evidente que la cebra no le acompañaría pues se negaba a dar un paso más. Ya había cumplido su propósito y solo quería comer el pasto que encontraba por el suelo. El resto era tarea del muchacho. Mukalai acarició a la cebra en señal de agradecimiento y, decidido, inició la escalada.

Al principio Mukalai pudo seguir una senda que se había creado de forma natural sobre el terreno pero pronto la montaña fue adquiriendo pendiente y el chico se las tuvo que ingeniar para agarrarse en los salientes de las rocas.

De repente, la cebra relinchó de terror.

Mukalai giró la cabeza para ver qué ocurría. Desde su posición todavía alcanzaba a ver a su montura. Y lo que vio desearía no haberlo presenciado nunca. Un zarpazo. Otro. Dientes afilados. Manchas negras sobre un pelaje amarillento. Unas garras clavándose sobre un cuello rayado en blanco y negro. Sangre brotando espesa de múltiples heridas. Entrañas siendo devoradas. La cebra había caído bajo el ataque de un leopardo. El muchacho dejó escapar un grito angustiado y la fiera le miró desafiante a los ojos retándole con un rugido que helaba la sangre.

Mukalai trepó por la montaña lo más rápido que pudo.

* * *

(CONTINUARÁ)

***

En este cuento, aparece un personaje llamado Caminante Nocturno que está inspirado en el personaje de mismo nombre de la película de animación ‘La Princesa Mononoke’ pero, evidentemente, con la pretensión de homenajear la genial obra maestra de Hayao Miyazaki. Un autor al que le tengo una enorme admiración. De hecho, también soy colecionista de los cómics y películas de los X-Men y bien podría decirse que la mujer que acompaña al Caminante comparte similitudes con el personaje de Tormenta. En realidad, es algo hecho a propósito. Pero eso si, salvo esos pequeños detalles, el resto de la historia, al igual que todos los cuentos que veáis en este Blog son de creación original mía.

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2 comentarios

  1. ShaO said,

    mayo 3, 2007 a 10:17 pm

    La historia engancha, ahora entiendo lo que sienten las seguidoras de las telenovelas (Salvando distancias, quede claro, me refiero únicamente a la necesidad de seguir con algo que te gusta). A ver si va a haber malos entendidos jojojo

    Besitos 😉

  2. xely said,

    mayo 6, 2007 a 1:35 pm

    Hola… Me encantó tu Blog ^_^

    Todos los dibujos son tuyos??

    O_O

    Sin palabras cielo!!

    Son alucinantes… Solo puedo felicitarte… Me he enamorao… Dibujas genial… Es impresionante la Magia que puede salir de tus manos…

    Me alegro de perderme por aquí…

    Un abrazo y Buena Luna…


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