Movida en las aulas.

Ahora que los profesores están de vacaciones voy a hablar de ellos (Así no me oyen) y de ciertos recuerdos que tengo de mi época de estudios.

* Siempre me acordaré de un día cuando era peque y estaba en clase de Francés. Se ha dicho en innumerables ocasiones que el Francés es un idioma muy bonito y muy romántico pero eso debe ser si no estás aprendiendo a pronunciar el número cuarenta y posteriores. Ahí estábamos con el cagandé y el cagantruá (Pura poesía) cuando, de improvisto, aparece el bedel en clase para entregarle unas llaves a la profesora, llevando en sus manos un rollo de papel de váter.

Ô_o

Eso si que es eficiencia.

El ataque general de risa no se hizo esperar. Y el pobre bedel sin saber a santo de qué venía semejante escandalera

* Ya había crecido un poco más (Era un pipiolo adolescente) y tenía como compañero de pupitre a un muchacho que se aprovechaba de la economía de letras a la hora de llamar a los profesores. Decía ‘sita’ en vez de señorita y ‘sor’ en vez de profesor (Que la saliva hay que gastarla cuando toca y no gastar por gastar). Pero claro, la cabecita juega malas pasadas y es que, si de jovencito pasas media vida con tus padres, la otra media la pasas en el colegio. Así ocurrió que cierto día cayó el infortunio sobre el muchacho y quiso el destino que al llamar a la señorita en cuestión (La profesora que más mala baba tenía de todo el instituto), sus labios no pronunciaran la palabra ‘sita’ como nos tenía acostumbrados sino que dijera inocentemente:

Mamá

Creo que nunca he visto a nadie confundirse más con un pupitre que en esos momentos. Parecía querer unirse con la madera y ser tragado por ella. Tremendo corte para el chico, mirada ojiplática y sanguinolenta de la profesora a la que le había salido un hijo secreto de repente Ò_Ó y deswebe general de la clase. Yo no podía parar de reír…

* Y… ¿Qué decir del despistado profesor de Literatura cuya materia tocaba después del recreo?. El típico profesor con gafitas redondas, cara de eterna expresión somnolienta y pinta de bohemio. Leía El Lazarillo de Tormes en voz alta para toda la clase y poco a poco las risas iban en aumento, hasta tal punto que el profesor llegó a exclamar sorprendido:

– ¡Vaya!… No creía que os iba a gustar tanto la obra.

Momento en el cual un servidor, que no sabe cuando conviene estarse calladito, le soltó de sopetón que en realidad la gente se reía porque:

– Llevas la bragueta abierta.

Y vestía pantalones negros y calzoncillo blanco con lo que eso parecía la luz de un faro en mitad de la más oscura noche. Se puso tan colorao como el vino que se estaba bebiendo el puñetero ciego en la novela.

* Pero si hay un profesor que me marcó en mi vida académica ese fue el de Física y Química. Yo, que eligí posteriormente Letras Puras, era un auténtico zote para todo lo que tuviera que ver con fórmulas y números así que básicamente convertía a los barcos de los problemas en submarinos, los trenes me descarrilaban sin control y los coches se me chocaban en una especie de fin del mundo no premeditado. Afortunadamente sacaba algo de nota porque le dibujaba unos barquitos la mar de majos. ;P El caso es que mi profesor tenía unas costumbres muy curiosas a la par que dignas de mención:

Solía rascarse la entrepierna (Creyendo que nadie le veía) escondiéndose tras el respaldo de una silla que no tapaba lo suficiente como para disimular sus continuos frotamientos.

Iba vestido siempre como si viviera en un capítulo de Corrupción en Miami, con cadenitas doradas y la camisa desabrochada, dejando al descubierto una pelambrera pecheril que se desplegaba en abanico y bien pudiera haberse usado como peluca para los Jackson Five. Lo cual daba miedo. Mucho, mucho miedo. ó_ò

Pero, por si todo eso no fuera bastante, el gachó tenía la costumbre de mojarse los dedos en saliva para poder pasar mejor las páginas del periódico. Eso no hubiera sido especialmente malo si no fuese porque al repartir las hojas de los exámenes hubo un momento en que no pudo separarlas y sepultó el pulgar entre sus labios para poder arrancar la hoja rebelde.

¿Y a quien le tocó quedarse con la hoja baboseada (Con burbujita incluída)?

¡Efectivamente!

A mí.

Momento en el cual me di cuenta, definitivamente y sin el menor atisbo de dudas, que si la Física y la Química no eran lo mío, mucho menos lo iban a ser con semejantes alicientes.

Ayyyss… Qué recuerdos de mis días de estudiante…

Para que luego digan que las clases son aburridas. 😀

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Syren.

– Me gusta.

– ¿De veras? ¿Lo dices en serio?

– Si. Preparada a la sal debe estar riquísima.

– ¡Calla!

Ataulfo y Felisa: En lo bueno y en lo malo.

Si hubierais entrado a hurtadillas en la casa de Ataulfo y Felisa para observarlos sin ser vistos, os habríais dado cuenta de que, a pesar de que en un principio pudiera parecer lo contrario, esos dos se querían con locura. Si no, sería complicado explicarse una convivencia tan caótica como la que ellos llevaron y es que, llega un momento de la vida en que, tras tantos años juntos como matrimonio, o te lanzas la vajilla a la cabeza (Casi mejor que no, que habría que comprar una nueva) o definitivamente aceptas las rarezas de la otra persona. No hay más opciones. Afortunadamente, Ataulfo y Felisa decidieron seguir el camino de la aceptación y eso que no era nada sencillo pues ambos eran bien peculiares. Debe ser que, efectivamente, los polos opuestos se atraen.

Felisa era bajita y regordeta, como una albondiguilla, el prototipo perfecto de ‘Maruja’ con rulos y bata de boatiné. Si hubieseis preguntado a los vecinos del bloque en el que vivía, os hubieran dicho que tenía un corazón enorme… Y una lengua igual de grande. Hay quien llegó a afirmar (Seguramente su marido) que la famosa frase de: ‘No calla ni bajo el agua’ la crearon por ella (Pero no hay datos que lo corroboren). Felisa además tenía un vocabulario de invención personal (Como decía Ataulfo: ‘No contenta con utilizar toas las palabras conocidas del lenguaje español, ha decidido fabricarse unas cuantas nuevas pa poder seguir hablando’). Así, si os hubiera invitado a comer algún día (Que para algo trabajó muchos años en la hostelería como excelentísima cocinera), seguro que os habría preparado sus famosas ‘concretas con azanoria’ o, si prefirierais pasar una velada cinéfila en su compañía, os recomendaría la última ‘perícula’ que hubiera visto. Era un caso esta Felisa

¿Os imagináis a un hombre apuesto, elegante y con una buena mata de pelo?

¿Si?

Pues Ataulfo era justo lo contrario. Su cara era casi un insulto para los cánones de belleza clásica (De hecho, incluso en el Barroco, hubiera llamado la atención por su nariz prominente y sus despegadas orejas de soplillo, rasgos que se veían acentuados por la galopante calvicie que presentaba). Aunque su rostro era más idóneo para un film de terror de la Hammer, había algo que no se podía negar y es que era buena gente, muy gruñón eso si, pero buena gente al fin y al cabo. Era muy tranquilote y amaba el silencio por encima de todas las cosas. A pesar de que el labio inferior de Ataulfo, bastante caído, era como una pista de despegue para las palabras, lo cierto es que no hablaba mucho (Y casi mejor porque le pegaba patadas al diccionario constantemente). Era más bien callado pero cada vez que abría la boca era como si dictara sentencia. Según él, ya decía demasiadas cosas en su trabajo (Era taxista) y cuando llegaba a casa no tenía apenas ganas de hablar. Invertía durante la jornada tantas letras en sus clientes que no le quedaban más. Felisa parloteaba suficiente por los dos.

Si algo estaba claro era que, por mucho que se debatiese sobre el ideal de amor romántico en libros y películas, la realidad de la vida se imponía en el caso de Ataulfo y Felisa. No eran en absoluto perfectos pero se querían intensamente.

Eso era lo que realmente les hacía especiales. 🙂