¡Tierra trágame!

Esta expresión se suele emplear cuando sucede algo que desearíamos que no hubiera tenido lugar. La historia que os voy a contar es digna merecedora de un sonoro ¡Tierra trágame!, al menos seguro que fue eso lo primero que pensó la protagonista del relato.

Viajar en autobús en ocasiones puede convertirse en una experiencia bien curiosa y yo viajo en el bus urbano todos los días para ir al trabajo ya que se encuentra lejos de mi casa y no tengo coche. Normalmente suelo ir leyendo un libro, inmerso en las aventuras de sus personajes y sin hacer mucho caso a lo que me rodea porque por lo general no suele ocurrir nada extraordinario pero siempre hay algún momento en que desvías la mirada de la lectura y descubres algo que te llama la atención: como aquel día que vi por la ventana a un señor todo trajeado con pinta de millonetis, conduciendo su cochazo con una sola mano y con la otra metiéndose un dedo en la nariz con tal interés que parecía que se estaba rascando el cerebro. Pero eso no fue nada comparado con lo que le ocurrió a Mary la Rapera.

¿Que quién es Mary la Rapera? Pues una muchacha que viajaba en el autobús y a la que yo bauticé así tras fijarme en las pintas que llevaba. Era una chica de unos diecimuchos o ventipocos años que parecía que se había tragado a Eminem para desayunar y se había quedado con su ropa. Mary estaba de pie dale que te pego al móvil, hablando sin parar supongo que con otra muchacha de su edad a la que denominaba ‘tía’ y que la escuchaba al otro lado del teléfono. Le estaba contando unas historias de amplio contenido intelectual basadas en lo mal que al parecer se llevaban un tal Johnny (Lo que viene siendo el ‘Juanillo’ castizo de toda la vida) y un tal Maikel al que, a la vista de cómo hablaban de él, más le valdría entrar en un programa de testigos protegidos, cambiar de identidad y mudarse pronto de ciudad.

– Ya, tía, pero es que el Johnny es un bocas y, por mucho que diga, no tiene cojones de pillar al Maikel un día y darle de hostias como se merece. A ver si se decide pronto y lo manda al hospital de una puta vez.

Como podéis comprobar, Mary era, ante todo y sobre todo, muy discreta hablando, así que nos tenía a todo el autobús pendientes de su conversación no tanto por una cuestión de inclinación hacia el cotilleo de los allí presentes sino por el hecho de que era prácticamente la única que hablaba y además bien alto, sin consideración alguna hacia el resto de pasajeros, taladrándonos los oídos con su incesante verborrea. Yo imagino que semejante espécimen humano había nacido en el Bronx neoyorquino y nos la habían traído a España por correo certificado tratando de librarse de ella. Su interlocutora, la ‘tía’, o se había caído muerta en el sitio escuchándola o era muy parca en palabras porque Mary la Rapera apenas hacía pausas en su conversación-monólogo. En los escasos segundos en que Mary no hablaba se entretenía masticando un chicle, ‘amasándolo’ tanto con los dientes que parecía que luego lo iba a hornear para hacer magdalenas de goma. Fue entonces cuando llegué a la conclusión de que sus mandíbulas no tardarían mucho en concertar una cita con los sindicatos obreros para pedir un aumento de sueldo debido al agotador trabajo al que Mary la Rapera las sometía.

El caso es que justo enfrente de Mary se sentaba una señora de mediana edad y con el pelo cardado que aparentaba ir tan tranquila en el autobús disfrutando del trayecto pero, al parecer, no era así pues algo maligno se estaba fraguando en su interior y ese algo salió expulsado inesperadamente por su boca en forma de vómito (La mujer llevaba un tremendo mareo encima), regando ampliamente el pantalón de Mary la Rapera a quien todavía no logro entender cómo no se le cayó el chicle de la boca de la impresión.

– ¡¡JO-DER!!… Tía, qué fuerte, no te vas a creer lo que me ha pasado… ¡Me han vomitado encima!… Tengo que colgar – Le dijo Mary la Rapera entre sorprendida y enfadada a su amiga la ‘tía’ (A quien me hubiera encantado haberle podido ver la expresión de la cara mientras oía esas palabras). Y después de un breve momento de gritos, tensión y recriminaciones, Mary ya no abrió más la boca. A partir de entonces y hasta que llegó a su parada se mantuvo completamente en silencio (Temerosa tal vez de que la del cardado la atacase con sus efluvios corporales nuevamente pues aún estaba a tiempo de lanzarle un escupitajo al ojo para rematar la faena), entretenida con un amasijo de cleenex en las manos, tratando de limpiarse ‘el regalo’ que le había dejado encima la señora.

Desde luego hay que reconocer que como método para hacer callar a la gente es efectivo pero no todos los autobuses cuentan con una oportuna señora vomitona en su interior y sin embargo si que es probable encontrarse a más de un pasajero pesado.

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