“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) ¡Vaaaaamos a por la segunda parte!

En un apartamento normalucho, ni muy lujoso ni muy cochambroso, el veinteañero Bruno Tapia ejercitaba los músculos de su mandíbula desayunando en la mesita del cuarto de estar una ligera tostada con mantequilla y mermelada de fresa mientras miraba los dibujos por la tele cuando, de improvisto, cortaron la emisión para emitir un especial informativo.

– ¡Miér… coles!, ¡Lo han dejado en lo más interesante! ¡Ahora que parecía que el Coyote iba a lograr por fin acabar con el Correcaminos!… – Refunfuñó Bruno al tiempo que dejaba la tostada sobre el plato, absorto con lo que estaban diciendo en las noticias. Su perro Pelanas, un orondo San Bernardo muy sibarita para las comidas, vio en ese instante la ocasión idónea para zamparse la tostada sin que su amo se percatara pero, luego de habérsela tragado, pareció arrepentirse y a cambio le dejó sobre el plato una galleta de perro, algo chuperreteada, con un peculiar sabor a pepinillos.

El presentador estaba hablando del secuestro de un comercio cercano y pasó a leer un comunicado que les había hecho llegar el cabecilla de la banda armada que había provocado la alarma. Bruno cogió lo que él creía que era la tostada y la mojó en el café. Cuando el locutor terminó de leer, el joven dejó el café sobre la mesa, se metió la galleta en la boca sin pensar y se levantó rápidamente del sofá para ponerse en acción.

– ¡Mamá! – Gritó el joven acercándose a la cocina – ¿Hiciste ayer la colada? He de ponerme mi uniforme. ¡La ciudad me necesita!.

– ¡¡No soy tu maldita criada, hediondo saco de estiércol!! – Vociferó agresivamente la mujer al otro lado de la puerta para suavizar melosamente su tono apenas unos segundos después – Si, cariñito, tienes el uniforme en tu armario, lo dejé planchado y colgado esta mañana intentando no despertarte mientras dormías.

– ¡Gracias, mamá, eres la mejor! – Sonrió Bruno mientras se acercaba a su cuarto, se quitaba el pijama y se vestía rápidamente con su disfraz de superhéroe.

– ¡¡Ten mucho cuidado, excremento de hipopótamo!! – Volvió a gritarle su madre cuando lo oyó cruzar de nuevo el pasillo – Ojala lo soluciones todo para la hora de la comida, cielín… Te estoy preparando tu plato favorito…

– ¡Geeeenial!, ¡Te quiero, mamaíta! Por cierto, habrá que comprar otra marca de mermelada, esta deja un regusto extraño a pepinillos… – Dijo Bruno al tiempo que salía a gran velocidad de la casa, tremendamente ansioso por ayudar a los oprimidos.

***

Un montón de coches de policía rodeaba la tienda pero los agentes no se atrevían a hacer nada por temor a que hubiera represalias, al menos hasta tener controlada la situación. La tensión era palpable en el interior del comercio. Los rehenes se apelotonaban unos junto a otros como queriendo protegerse de las afiladas katanas de los ninjas.

– Si ustedes se portan bien, si no me dan problemas, – Dijo el Doctor Monóculo por el altavoz – tampoco los daré yo. Cooperen y todo será sencillo. No queremos que nadie salga herido, verdad chicos?.

– ¡SI, NUESTRO PRIMERO! – Gritaron algunos ninjas al unísono.

El Doctor Monóculo podía ser todo un genio criminal pero tenía muy mala memoria, de hecho, la mayoría de las veces hasta se olvidaba de dónde estaba su guarida archi-hiper-mega-ultra-super-secreta y se veía obligado a llamar a su madre por teléfono para que se lo dijera porque está demostrado que las madres siempre saben mejor que uno mismo dónde guarda las cosas (Generalmente porque ellas han decidido cambiarlas de sitio sin consultar a nadie). Afortunadamente al villano se le había ocurrido enumerar a sus esbirros para no tener que recordar sus nombres. De esa manera él era ‘El Primero’ y el resto iban por orden. Segundo era el que grababa en cámara todo lo que sucedía para tener un recuerdo fiel de cada fechoría que hacían ya que opinaba que por televisión siempre lo tergiversaban todo, Tercero era un auténtico maestro del camuflaje, un experto en disfraces, Cuarto era el más fuerte de todos ellos, aunque también el menos inteligente, una verdadera ‘bestia parda’, de esos que golpean primero y preguntan después, Quinto era el quejica, siempre ponía pegas a todo, había insistido hasta la saciedad en que no le llamasen ‘cinco’ porque tenía muy mala rima (‘Por el culo te la hinco’) pero a sus compañeros les parecía demasiado gracioso poder fastidiarle continuamente como para hacerle caso y… bueno, a los demás todavía no los tenía muy fichados pero mientras cumplieran con su papel poco más importaba.

– Si este punto está claro, y por su bien espero que lo esté, – El Doctor Monóculo les lanzó una severa mirada a sus secuestrados – les diré lo que van a hacer a continuación, quiero que ustedes…

– Oiga… Oiga… – Inesperadamente se escuchó una vocecita a lo lejos.

– ¡¿Qué?!… ¿Quién osa interrumpir mi discurso? – El malvado Doctor Monóculo no lograba comprender lo que estaba pasando y miró confuso a su alrededor tratando de descubrir de dónde provenía esa voz chillona que le  importunaba.

Tercero la señaló.

– Perdone… Soy yo… Estoy aquí. – Una mano sobresalía de entre la asustada multitud. Otilia iba dando saltitos tratando de abrirse paso, ante la sorpresa de todos, mientras se acercaba al malhechor para que la viera. Cuando logró salir de entre el gentío, el forzudo Cuarto fue a interponerse entre ella y el Doctor Monóculo pero éste ordenó a su lacayo que la dejara pasar. Otilia llegó hasta el villano quien no pudo evitar preguntarse al observarla si lo que llevaba en la cara la mujer era una máscara de Carnaval o realmente era su verdadero rostro, en cuyo caso era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudao a las tres de la mañana.

– Casi no se le oye…  ¿Qué ha dicho? – Preguntó inocentemente Otilia.

– ¡¿Cómo?! – Dijo el criminal estupefacto. – ¡¿Que no se me ha oído?!.

– Me temo que no, el altavoz ha dejado de funcionarle justo después de pedir silencio – Comentó Otilia – Igual los de delante han podido oírle bien pero yo que estaba por detrás no me he enterado de nada.

El villano miró a sus rehenes esperando algún tipo de confirmación o desmentido. Los presentes asintieron. El Doctor Monóculo volvió su vista entonces hacia Segundo visiblemente enfadado. Parecía hervir en fuego, como si hubiera probado una comida con mucho picante o se hubiera pillado los huevos con la cremallera del pantalón (O_O ¡Ouch! ¡Qué daño!).

– ¡¿Te has acordado de ponerle pilas a este puñetero cacharro?! – Preguntó.

Segundo salió de detrás de la cámara un momento. Estaba vestido, al igual que sus compañeros, con el típico traje negro de ninja que sólo deja al descubierto los ojos pero, aun así, se notó perfectamente que se estaba ruborizando.

– Errr… Bueno… Yooo… Tal y como están las cosas… Igual se me ha debido olvidar… – Y es que Segundo se ponía enormemente nervioso antes de cada atraco. Se veía a si mismo más como un cineasta,  como un artista, que como un malhechor.

– ¡¡So merluzo!! ¡Con lo delicada que tengo la voz y voy a tener que estar todo el rato gritando por tu culpa! ¡Espero que al menos hayas cargado la batería de la cámara!.

– Si, claro Mi Primero, eso si, la dejé cargándose toda la noche – Explicó Segundo tratando de disculparse al tiempo que pensaba si había recordado meter una cinta o en realidad no se estaba grabando nada de nada

– En fin, como iba diciendo cuando creía que se me escuchaba…

De repente sucedió algo extraordinario. Comenzaron a oírse unos golpes secos y varios de los ninjas que mantenían presos a los guardias y a los rehenes empezaron a caer desmayados sobre el suelo, como si algo o alguien estuviera golpeándolos y dejándolos K.O. al instante pero… ¡Era imposible! ¡Allí no había nadie!… O, al menos, no parecía haberlo…

– ¿Y ahora qué ocurre?… ¡¿Es que no voy a poder acabar mi discurso en paz?!.

– Esta función está cada vez mejor – Pensó Otilia creyendo a pies juntillas que estaba presenciando una curiosa obra de teatro – Qué pena no haberme traído algo para picar. Se me están antojando unos pepinillos…

Varios ninjas esgrimieron sus katanas ferozmente, tratando de amedrentar a ese ‘algo’ invisible que les estaba golpeando… pero era inútil, ni siquiera sabían hacia dónde dirigirse para atacar. En apenas unos segundos, más de la mitad de los asesinos yacían derrotados a lo largo de la estancia.

Entonces, la maquiavélica mente criminal del Doctor Monóculo se puso a trabajar y decidió intentar un acto desesperado. Agarró fuertemente a Otilia y quitándole la katana a Quinto (Que se quejó, claro: – Oye, que es mía!), se la puso a la mujer cerca del cuello.

– ¡Seas quien seas, date a conocer o esta mujer morirá! – Amenazó el malvado.

Apenas tuvieron que pasar unos segundos para que una figura comenzara a materializarse poco a poco de la nada.

– ¡Oh, no!… ¡¿TÚ?! – Exclamó el villano sorprendido.

El Doctor Monóculo comprendió en ese mismo instante que iba a tener un día realmente complicado…

(Digo yo que no podemos dejarlo así, habrá que continuar la historia… ;P)

“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) Primera parte de unas cuantas partes.

La entrada al comercio se encontraba abarrotada debido al inicio oficial de las rebajas. Miles de mujeres (Y algún que otro hombre que se había metido sin querer dentro del gentío y ya no sabía cómo salir de él) hacían cola para cuando se abrieran las puertas del lugar. Entre todas esas personas se encontraba Otilia. Tenía unos cincuenta años y era poseedora de lo que bien podría denominarse, siendo generosos, como una ‘Belleza distraída’ (O quizá ‘Atentado estético en toda regla’). Cualquier persona que se hubiera fijado en ella una sola vez, se lo pensaría mucho antes de volver a mirarla una segunda. Con un susto al día ya bastaba. De hecho, hasta sobraba. El peinado de la mujer era un verdadero prodigio de la ingeniería más disparatada. Era prácticamente imposible que todos esos rizos aparecieran sin orden ni concierto sobre su cabeza sin ser algo premeditado. Hasta el pelo de un recién levantado tras una noche particularmente difícil sentiría vergüenza de amanecer así. Sus gafas, con unos enormes cristales de aumento que harían palidecer de envidia al mayor telescopio del mejor observatorio astronómico, y su tremendamente desgarbada figura, le conferían el aspecto de una Mantis Religiosa a punto de merendarse al macho aunque, sin duda alguna, en este caso era la hembra la que iba perdiendo ostentosamente la batalla (Seguro que pensaréis que estoy siendo demasiado frívolo al describirla y me diréis eso de que ‘La belleza se encuentra en el interior’ pero yo no le he visto los huesos a Otilia así que no puedo opinar). El caso es que nuestra adorable cincuentona estaba conversando animadamente con alguien que había conocido esperando a que abrieran.

– …Y yo, muy digna, le dije a mi jefe que me había hecho una marranada, que tras 35 años trabajando como secretaria en la empresa no era plan que todo terminase así. Pedí una buena indemnización, desde luego. Prejubilada a causa de mi vista deficiente, que estaba cegata, me dijo. ¡Yo no tengo mala vista! Mis ojos están perfectamente. Llevo gafas porque me cuesta enfocar un poco pero eso es todo. Tampoco es algo alarmante…

– Señora,… disculpe,…– Una joven que estaba inmediatamente después de Otilia en la fila y que (Inexplicablemente) llevaba un buen rato observándola sin caer presa del pánico, le tocó el hombro para llamar su atención. – ¿A quién le habla?.

– Pues a esta chica tan simpática, querida. – Dijo Otilia señalando inocentemente frente a ella.

La joven miró hacia el lugar, miró luego a Otilia, volvió a mirar extrañada al lugar indicado y finalmente giró de nuevo su vista sobre Otilia.

– Señora… P-pero si eso es un póster de dos metros de Meg Ryan anunciando las rebajas

– Oh… Vaya… Ya decía yo que la notaba algo cabezona…

En ese momento las puertas se abrieron. Las mujeres irrumpieron a tropel en el comercio como una jauría de galgos persiguiendo al conejo del consumismo. La estampida pilló desprevenida a Otilia quien, a causa de la fuerza centrífuga, terminó girando sobre sus pies en una pirueta digna de David Bisbal.

– Uy, qué mareos… y no me he traído la Biodramina conmigo… Aysss… Qué malica me he puesto en un momentillo de nada…

Otilia pasó de su rosado color carne habitual al verde en cuestión de segundos pero logró recuperarse y entrar sin tambalearse demasiado en la tienda aunque, desorientada, confundió el baño de señoras con la planta de ropa. Ni siquiera se dio cuenta de su error cuando intentó probarse un lavabo y vio que no le cabía.

–  No se moleste, Señorita – Le dijo a su propio reflejo en el espejo pensando que era una dependienta – Creo que no es de mi talla y, además, el tejido es muy recio. Casi mejor que lo dejo y me voy a mirar otras cosas.

Otilia consiguió salir del baño y finalmente encontró la sección de ropa. Cuando estaba a punto de coger una chaquetilla torera que le había gustado (A pesar de que en realidad eran unas bermudas estampadas), una inesperada explosión sacudió la tienda. En medio de la espesa nube de humo que se había generado aparecieron unas tenebrosas figuras. Los guardas de seguridad del local corrieron hacia ellas, pistola en mano, a ver qué pasaba pero unas veloces manchas negras salieron del humo y los derribaron antes de que pudieran hacer nada, siendo desarmados y maniatados en cuestión de segundos. ¡El comercio estaba siendo atacado por ninjas! (¡Hala! ¿Qué interesante se está poniendo esto de repente, no?). La tienda se llenó de gritos histéricos.

– ¡SILENCIO! – La atronadora voz provenía del centro mismo del humo.

Todas las cabezas de los presentes se volvieron a mirar impactadas.

Uno de los ninjas, cámara de vídeo en ristre, comenzó a grabar la escena apuntando a la voz.

– ¡Acción! – Gritó el ninja.

Un hombre calvo y grueso, de gesto severo, vestido como un científico loco (O como un dentista, que igual eso os da más miedo) y con el dibujo de media calavera roja pintada en la parte derecha de su cara y luciendo un monóculo en su ojo izquierdo y basta ya de describirlo, emergió del humo haciendo una fascinante entrada teatral. Alzó el potente altavoz que llevaba en su enguantada mano derecha y, colocándoselo frente a la boca, se dirigió a su obligado público.

– Buenos días, damas y caballeros, mi nombre es Doctor Monóculo y esto es un secuestro ¡COJ-COJ!… – Tosió – ¡Maldito humo!, ¡Cómo se mete en los pulmones el jodío! ¡COJ!

(Continuará… Si… Probablemente…)