Sexo en la consulta.

Basado en hechos reales (Convenientemente adornados)

¿Os habéis planteado alguna vez que l@s médicos te conceden una cita sin necesidad de habértelo trabajado antes? ¡No me digáis que eso no es genial! Que tú te pegas media vida en la discoteca intentando ligar con la morenaza de la barra, encogiendo tripa y mostrando la más seductora de tus sonrisas y cuando le sueltas eso de ‘¿Estudias o trabajas?’ te mira como si fueras un apestado. Pero los médicos no son así. A una médico le dices que tienes flemas o un tic en el ojo y te da una cita para el Lunes siguiente. Y sin haberla invitado a una copa ni nada. Más sencillo imposible.

Claro que los médicos tienen sus manías. Normalmente cuando vas a conocer a alguien quedas en un restaurante o, si resulta que vas a su casa, le llevas una botella de vino para endulzar la velada, sin embargo l@s médicos te dicen que les traigas un frasco con orina (Que no sé yo pero me parece a mi que con una lubina al horno no combina demasiado bien). El caso es que te da hasta instrucciones: debe ser la primera orina de la mañana y has de venir a la consulta en ayunas. A ver, a las mujeres se les llena la boca diciendo que los tíos no sabemos apuntar al váter y que lo echamos todo fuera de la taza y luego resulta que la doctora nos pide que hagamos diana en un minúsculo frasquito?. Ojo, que la operación se complica si, encima, te levantas con la ‘tienda de campaña’ puesta, que tienes a la amiga de abajo en posición de firmes como en la mili y mirando directamente al sol. ¿Tú te crees que es fácil acertar en esas condiciones?.

Salvado con dignidad ese escollo me encamino a la ansiada cita, que ya se va acercando la hora. ¡Qué nervios! Llego puntual al lugar y eso está lleno de gente, todos preparados con sus correspondientes frasquitos, aunque también hay quien no se trae los deberes hechos de casa:

– Señorita, deme un frasco de esos y dígame rápido dónde está el baño, que llevo desde que me he despertado sin mear y como no me de prisa en evacuar lo mismo tiene que ir llamando a Noé para construir el Arca de nuevo.

De repente escucho mi nombre y me dirijo a la puerta indicada. Nada más abrirla me encuentro con alguien elegante, de gran atractivo y profundos ojos. Dejo de mirarme en el espejo que había frente a mi y me vuelvo para entablar conversación con la doctora, frasquito de orina en mano.

– Perdona, – me disculpo algo avergonzado – normalmente cuando quedo con alguien por primera vez no le doy una muestra de orina. Soy más de saludar y dar dos besos en las mejillas.

– Tranquilo, – sonríe ella – yo luego te voy a pedir que te desnudes.

¡¡OSSSSSSSSS-TIA!! – Pienso mientras oigo en mi cabeza un coro gospel cantando el Aleluya.

Entonces la doctora cachonda me dice que me siente y que me suba la manga de la camisa.

– Será tímida (Que no lo parece) y querrá que nos desvistamos poco a poco – imagino yo inocentemente.

El caso es que se pone a observarme y a tocarme el brazo compulsivamente, como buscando algo. Primero acerca la lupa, luego los prismáticos, el catalejo…

– ¡Por fin! ¡Ya te he encontrado las venas! – exclama aliviada.

¡Y va la tía y me mete una aguja en el brazo para sacarme sangre! ¡Pues vaya chasco! ¡¡Yo pensaba que el que iba a meter y a sacar en esta historia era yo!! Ò_Ó

– ¿Estás bien? – Me pregunta mientras me drena como un vampiro.

La miro con indiferencia, como si la cosa no fuera conmigo, y asiento apaciblemente. Estoy a punto de decirle que el rollo Sadomaso no me va mucho pero escojo callarme, no vaya ser que se enfade y decida graparme un huevo a la silla o algo peor. Que estas Dominatrix son muy raritas Ô_o

Luego me mete en una cabina insonorizada al exterior en donde hay que ponerse unos cascos para escuchar alternativamente por los oídos derecho e izquierdo diversos pitidos. A mi, salvo por el tema de los sonidos, me recordaba al confesionario de Gran Hermano, que estás dentro y te entran unas ganas tremendas de nominar a la gente. Creo que el director del hospital se esconde ahí para planear los despidos.

Soy consciente de que en el acto amatorio hay que prestar atención a los preliminares pero esos preliminares me estaban resultando demasiado extraños.

En esas que la doctora pronuncia las palabras mágicas:

– Quítate la camisa y túmbate en la camilla.

(Vuelve a pasearse por mi imaginación el coro gospel, esta vez acompañado por un conjunto de animadoras que agitan emocionadas sus pompones al compás de la canción) 😀

La verdad es que la cama era muy estrecha, realmente ahí sólo cabía una persona pero la base del ‘asunto’ es ponerse encima o debajo así que no parecía que hubiera mucho problema.

La doctora me dice que me va a hacer un electrocardiograma. A mi me seduce más el 69 pero estoy abierto a probar cosas nuevas. Ella empieza a refrotarme un gel frío y aceitoso por el pecho. (Que me dio por pensar que en medio del ‘meneíto’ igual nos escurríamos con el aceite y acabábamos sobre la lámpara del techo, pero ahora que se decidía a acariciarme no me iba a poner yo con remilgos). Luego me coloca una especie de monedas blancas encima de pecho y vientre que acaban en un cable que hacían que me pareciera a un tablero de damas o ajedrez futurista. Yo ya estaba esperando impaciente las fichas negras para empezar la partida pero de improvisto se pone a quitarme las blancas, que con el gel debían haberse agarrado como lapas a mi piel, y me depila media teta en el proceso de extirpación.

En ese punto llego a una conclusión clara y meridiana y es que hay algo que no se puede negar: Joder si que me está jodiendo… ¡¡Y de qué manera!! 😦

Total que tras varias pruebas más que me dejan la libido por los suelos, la doctora me dice que me vista y que ya puedo irme a mi casa.

¡Pero bueno! ¡¿Es que no me va a dar al menos una piruleta?!

Dicen las madres que salir con un médico está bien porque es un ‘buen partido’, yo, tras mi experiencia, no sé si lo tengo tan claro.

Además me he quedado con la duda de si mi orina era gran reserva o más bien tipo vino de mesa

(En realidad la doctora me trató muy bien y me dijo que estaba clínicamente vivo y bastante sano, con lo que me dejó muy ‘satisfecho’ ;P)

“Er día de los namoraus”

Señoras y señores, amigos todos, lo siento, pero alguien tenía que decirlo:

¡El día de los enamorados está muy mal pensado!

Así de claro.

Y es que ya desde las películas nos mienten, nos meten en la cabeza falsas ideas sobre los romances y nos aseguran, por ejemplo, que cuando estás enamorado oyes música de violines, algo que no es verdad. Cuando te enamoras, una de las cosas que suceden es que dejas de comer, o al menos no comes como lo hacías habitualmente, que antes te zampabas sin problemas un chuletón de buey con abundantes patatas fritas y ahora, como estás enamorado y ‘te llena el amor’, te dejas la mitad de la comida en el plato. Así que cuando te encuentras con tu pareja lo que oyes es más bien el rugido de tus hambrientas tripas y eso, lo mires como lo mires, se acerca más al sonido de los tambores de la procesión de Semana Santa que al de unos armoniosos violines.

Si de repente tu pareja, en un momento de encendido romanticismo, te dice la tan manida frase de: ‘Te quiero más que a mi vida’ o esa otra de ‘Moriría por ti’… desconfía. En serio, hazme caso. Nadie en su sano juicio diría semejante barbaridad y es que, si leemos entre líneas, eso no significa que te quiera mucho sino más bien que tiene instintos suicidas. ¡Que le da igual morirse, leñe!.

Ahora bien, si te dice: ‘Te quiero más que a mi vesícula biliar’, eso ya es otra cosa bien distinta pues, aunque la vesícula biliar tiene sus funciones, se puede vivir perfectamente sin ella con lo que igual tu enamorado/a no te estará jurando amor eterno, pero al menos seguro que no va a meter inesperadamente la cabeza en el microondas para demostrarte lo mucho que te ama y hay que reconocer que eso es todo un detalle por su parte.

También está eso de referirte a tu compañero/a como ‘Mi media naranja’

¡Pero bueno! ¿A quién se le ocurriría esa estupidez de expresión? La naranja, de toda la vida es un cítrico, lo que supone que se trata de una fruta ácida. (Vale, no siempre, pero los cítricos por naturaleza son ácidos, no dulces).  Entonces… ¿Le estás diciendo a tu pareja que cada vez que piensas en vuestro mutuo amor te sientes como si estuvieras chupando limones?. Eso de romántico tiene muy poco, creo yo.

¿No sería mejor hablar de ‘Mi media papaya’ que es una fruta más dulce y además con un toque exótico?

Otra cosa que no entiendo es lo de Cupido. Y es que no hay por dónde cogerlo. Seamos serios, el símbolo por excelencia del día de los enamorados es un angelote, desnudo, con aspecto de bebé y que lleva siempre con él un arco y unas flechas. ¿Acaso puede haber despropósito mayor?.

Vayamos por partes que esto tiene miga:

1Cupido es apenas un niño… ¡Y ya lo tienen trabajando! ¡¡Eso es explotación infantil!!

2 – ¡Va desnudo en pleno Febrero! (Que todo el mundo sabe que las temperaturas suelen ser frescas y el muchachito este además está siempre revoloteando por los aires. ¿Os imagináis que se ponga enfermo a causa del frío y le entren ganas de vomitar? Que si ya jode que se te cague encima una paloma imagina que… Eso no sale de la ropa con un simple quitamanchas, eh?. Hay que frotar).

3 – Lleva un arco y flechas… ¡Flechas! O_O ¡Las flechas tienen punta y se clavan! ¿No hay una normativa contra eso?.

¿Porqué no sustituyen a Cupido por, no sé, un oso amoroso?. No, calla, que los osos tienen garras y eso también tiene su peligro.

¿Una lombriz, tal vez?.

Y que en vez de ir disparándole a la gente, que eso duele, se dedique a bailar con un hulla-hop frente al enamorado/a. Oye, al menos sería más divertido, no os parece?

Pues eso. Tenedlo en cuenta. A partir de hoy, cuando os suenen las tripas como tambores tras caer presa de la lombriz del amor y esta os baile la danza del hulla-hop, acordaos de decirle a vuestra media papaya que le/la queréis muchísimo más que a vuestra vesícula biliar. Hacedlo y luego me contáis cómo os ha ido…

(Tontería patrocinada por Florencio Zacatá – Abogado divorcista) 😉

“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) ¡Vaaaaamos a por la segunda parte!

En un apartamento normalucho, ni muy lujoso ni muy cochambroso, el veinteañero Bruno Tapia ejercitaba los músculos de su mandíbula desayunando en la mesita del cuarto de estar una ligera tostada con mantequilla y mermelada de fresa mientras miraba los dibujos por la tele cuando, de improvisto, cortaron la emisión para emitir un especial informativo.

– ¡Miér… coles!, ¡Lo han dejado en lo más interesante! ¡Ahora que parecía que el Coyote iba a lograr por fin acabar con el Correcaminos!… – Refunfuñó Bruno al tiempo que dejaba la tostada sobre el plato, absorto con lo que estaban diciendo en las noticias. Su perro Pelanas, un orondo San Bernardo muy sibarita para las comidas, vio en ese instante la ocasión idónea para zamparse la tostada sin que su amo se percatara pero, luego de habérsela tragado, pareció arrepentirse y a cambio le dejó sobre el plato una galleta de perro, algo chuperreteada, con un peculiar sabor a pepinillos.

El presentador estaba hablando del secuestro de un comercio cercano y pasó a leer un comunicado que les había hecho llegar el cabecilla de la banda armada que había provocado la alarma. Bruno cogió lo que él creía que era la tostada y la mojó en el café. Cuando el locutor terminó de leer, el joven dejó el café sobre la mesa, se metió la galleta en la boca sin pensar y se levantó rápidamente del sofá para ponerse en acción.

– ¡Mamá! – Gritó el joven acercándose a la cocina – ¿Hiciste ayer la colada? He de ponerme mi uniforme. ¡La ciudad me necesita!.

– ¡¡No soy tu maldita criada, hediondo saco de estiércol!! – Vociferó agresivamente la mujer al otro lado de la puerta para suavizar melosamente su tono apenas unos segundos después – Si, cariñito, tienes el uniforme en tu armario, lo dejé planchado y colgado esta mañana intentando no despertarte mientras dormías.

– ¡Gracias, mamá, eres la mejor! – Sonrió Bruno mientras se acercaba a su cuarto, se quitaba el pijama y se vestía rápidamente con su disfraz de superhéroe.

– ¡¡Ten mucho cuidado, excremento de hipopótamo!! – Volvió a gritarle su madre cuando lo oyó cruzar de nuevo el pasillo – Ojala lo soluciones todo para la hora de la comida, cielín… Te estoy preparando tu plato favorito…

– ¡Geeeenial!, ¡Te quiero, mamaíta! Por cierto, habrá que comprar otra marca de mermelada, esta deja un regusto extraño a pepinillos… – Dijo Bruno al tiempo que salía a gran velocidad de la casa, tremendamente ansioso por ayudar a los oprimidos.

***

Un montón de coches de policía rodeaba la tienda pero los agentes no se atrevían a hacer nada por temor a que hubiera represalias, al menos hasta tener controlada la situación. La tensión era palpable en el interior del comercio. Los rehenes se apelotonaban unos junto a otros como queriendo protegerse de las afiladas katanas de los ninjas.

– Si ustedes se portan bien, si no me dan problemas, – Dijo el Doctor Monóculo por el altavoz – tampoco los daré yo. Cooperen y todo será sencillo. No queremos que nadie salga herido, verdad chicos?.

– ¡SI, NUESTRO PRIMERO! – Gritaron algunos ninjas al unísono.

El Doctor Monóculo podía ser todo un genio criminal pero tenía muy mala memoria, de hecho, la mayoría de las veces hasta se olvidaba de dónde estaba su guarida archi-hiper-mega-ultra-super-secreta y se veía obligado a llamar a su madre por teléfono para que se lo dijera porque está demostrado que las madres siempre saben mejor que uno mismo dónde guarda las cosas (Generalmente porque ellas han decidido cambiarlas de sitio sin consultar a nadie). Afortunadamente al villano se le había ocurrido enumerar a sus esbirros para no tener que recordar sus nombres. De esa manera él era ‘El Primero’ y el resto iban por orden. Segundo era el que grababa en cámara todo lo que sucedía para tener un recuerdo fiel de cada fechoría que hacían ya que opinaba que por televisión siempre lo tergiversaban todo, Tercero era un auténtico maestro del camuflaje, un experto en disfraces, Cuarto era el más fuerte de todos ellos, aunque también el menos inteligente, una verdadera ‘bestia parda’, de esos que golpean primero y preguntan después, Quinto era el quejica, siempre ponía pegas a todo, había insistido hasta la saciedad en que no le llamasen ‘cinco’ porque tenía muy mala rima (‘Por el culo te la hinco’) pero a sus compañeros les parecía demasiado gracioso poder fastidiarle continuamente como para hacerle caso y… bueno, a los demás todavía no los tenía muy fichados pero mientras cumplieran con su papel poco más importaba.

– Si este punto está claro, y por su bien espero que lo esté, – El Doctor Monóculo les lanzó una severa mirada a sus secuestrados – les diré lo que van a hacer a continuación, quiero que ustedes…

– Oiga… Oiga… – Inesperadamente se escuchó una vocecita a lo lejos.

– ¡¿Qué?!… ¿Quién osa interrumpir mi discurso? – El malvado Doctor Monóculo no lograba comprender lo que estaba pasando y miró confuso a su alrededor tratando de descubrir de dónde provenía esa voz chillona que le  importunaba.

Tercero la señaló.

– Perdone… Soy yo… Estoy aquí. – Una mano sobresalía de entre la asustada multitud. Otilia iba dando saltitos tratando de abrirse paso, ante la sorpresa de todos, mientras se acercaba al malhechor para que la viera. Cuando logró salir de entre el gentío, el forzudo Cuarto fue a interponerse entre ella y el Doctor Monóculo pero éste ordenó a su lacayo que la dejara pasar. Otilia llegó hasta el villano quien no pudo evitar preguntarse al observarla si lo que llevaba en la cara la mujer era una máscara de Carnaval o realmente era su verdadero rostro, en cuyo caso era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudao a las tres de la mañana.

– Casi no se le oye…  ¿Qué ha dicho? – Preguntó inocentemente Otilia.

– ¡¿Cómo?! – Dijo el criminal estupefacto. – ¡¿Que no se me ha oído?!.

– Me temo que no, el altavoz ha dejado de funcionarle justo después de pedir silencio – Comentó Otilia – Igual los de delante han podido oírle bien pero yo que estaba por detrás no me he enterado de nada.

El villano miró a sus rehenes esperando algún tipo de confirmación o desmentido. Los presentes asintieron. El Doctor Monóculo volvió su vista entonces hacia Segundo visiblemente enfadado. Parecía hervir en fuego, como si hubiera probado una comida con mucho picante o se hubiera pillado los huevos con la cremallera del pantalón (O_O ¡Ouch! ¡Qué daño!).

– ¡¿Te has acordado de ponerle pilas a este puñetero cacharro?! – Preguntó.

Segundo salió de detrás de la cámara un momento. Estaba vestido, al igual que sus compañeros, con el típico traje negro de ninja que sólo deja al descubierto los ojos pero, aun así, se notó perfectamente que se estaba ruborizando.

– Errr… Bueno… Yooo… Tal y como están las cosas… Igual se me ha debido olvidar… – Y es que Segundo se ponía enormemente nervioso antes de cada atraco. Se veía a si mismo más como un cineasta,  como un artista, que como un malhechor.

– ¡¡So merluzo!! ¡Con lo delicada que tengo la voz y voy a tener que estar todo el rato gritando por tu culpa! ¡Espero que al menos hayas cargado la batería de la cámara!.

– Si, claro Mi Primero, eso si, la dejé cargándose toda la noche – Explicó Segundo tratando de disculparse al tiempo que pensaba si había recordado meter una cinta o en realidad no se estaba grabando nada de nada

– En fin, como iba diciendo cuando creía que se me escuchaba…

De repente sucedió algo extraordinario. Comenzaron a oírse unos golpes secos y varios de los ninjas que mantenían presos a los guardias y a los rehenes empezaron a caer desmayados sobre el suelo, como si algo o alguien estuviera golpeándolos y dejándolos K.O. al instante pero… ¡Era imposible! ¡Allí no había nadie!… O, al menos, no parecía haberlo…

– ¿Y ahora qué ocurre?… ¡¿Es que no voy a poder acabar mi discurso en paz?!.

– Esta función está cada vez mejor – Pensó Otilia creyendo a pies juntillas que estaba presenciando una curiosa obra de teatro – Qué pena no haberme traído algo para picar. Se me están antojando unos pepinillos…

Varios ninjas esgrimieron sus katanas ferozmente, tratando de amedrentar a ese ‘algo’ invisible que les estaba golpeando… pero era inútil, ni siquiera sabían hacia dónde dirigirse para atacar. En apenas unos segundos, más de la mitad de los asesinos yacían derrotados a lo largo de la estancia.

Entonces, la maquiavélica mente criminal del Doctor Monóculo se puso a trabajar y decidió intentar un acto desesperado. Agarró fuertemente a Otilia y quitándole la katana a Quinto (Que se quejó, claro: – Oye, que es mía!), se la puso a la mujer cerca del cuello.

– ¡Seas quien seas, date a conocer o esta mujer morirá! – Amenazó el malvado.

Apenas tuvieron que pasar unos segundos para que una figura comenzara a materializarse poco a poco de la nada.

– ¡Oh, no!… ¡¿TÚ?! – Exclamó el villano sorprendido.

El Doctor Monóculo comprendió en ese mismo instante que iba a tener un día realmente complicado…

(Digo yo que no podemos dejarlo así, habrá que continuar la historia… ;P)

25 de Diciembre, fun, fun, fun… :D

Navidá, navidá, dulce navidá, ten cuidao con las cogorzas que causa el champán, hey! Navidá, navidá, dulce navidá…

Wolas, –hips!- que iooo venía a fedicitados a todos –hips!- das fiestas de davidad y año duevo, así que ZZZZZZzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz…

hips!-

“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) Primera parte de unas cuantas partes.

La entrada al comercio se encontraba abarrotada debido al inicio oficial de las rebajas. Miles de mujeres (Y algún que otro hombre que se había metido sin querer dentro del gentío y ya no sabía cómo salir de él) hacían cola para cuando se abrieran las puertas del lugar. Entre todas esas personas se encontraba Otilia. Tenía unos cincuenta años y era poseedora de lo que bien podría denominarse, siendo generosos, como una ‘Belleza distraída’ (O quizá ‘Atentado estético en toda regla’). Cualquier persona que se hubiera fijado en ella una sola vez, se lo pensaría mucho antes de volver a mirarla una segunda. Con un susto al día ya bastaba. De hecho, hasta sobraba. El peinado de la mujer era un verdadero prodigio de la ingeniería más disparatada. Era prácticamente imposible que todos esos rizos aparecieran sin orden ni concierto sobre su cabeza sin ser algo premeditado. Hasta el pelo de un recién levantado tras una noche particularmente difícil sentiría vergüenza de amanecer así. Sus gafas, con unos enormes cristales de aumento que harían palidecer de envidia al mayor telescopio del mejor observatorio astronómico, y su tremendamente desgarbada figura, le conferían el aspecto de una Mantis Religiosa a punto de merendarse al macho aunque, sin duda alguna, en este caso era la hembra la que iba perdiendo ostentosamente la batalla (Seguro que pensaréis que estoy siendo demasiado frívolo al describirla y me diréis eso de que ‘La belleza se encuentra en el interior’ pero yo no le he visto los huesos a Otilia así que no puedo opinar). El caso es que nuestra adorable cincuentona estaba conversando animadamente con alguien que había conocido esperando a que abrieran.

– …Y yo, muy digna, le dije a mi jefe que me había hecho una marranada, que tras 35 años trabajando como secretaria en la empresa no era plan que todo terminase así. Pedí una buena indemnización, desde luego. Prejubilada a causa de mi vista deficiente, que estaba cegata, me dijo. ¡Yo no tengo mala vista! Mis ojos están perfectamente. Llevo gafas porque me cuesta enfocar un poco pero eso es todo. Tampoco es algo alarmante…

– Señora,… disculpe,…– Una joven que estaba inmediatamente después de Otilia en la fila y que (Inexplicablemente) llevaba un buen rato observándola sin caer presa del pánico, le tocó el hombro para llamar su atención. – ¿A quién le habla?.

– Pues a esta chica tan simpática, querida. – Dijo Otilia señalando inocentemente frente a ella.

La joven miró hacia el lugar, miró luego a Otilia, volvió a mirar extrañada al lugar indicado y finalmente giró de nuevo su vista sobre Otilia.

– Señora… P-pero si eso es un póster de dos metros de Meg Ryan anunciando las rebajas

– Oh… Vaya… Ya decía yo que la notaba algo cabezona…

En ese momento las puertas se abrieron. Las mujeres irrumpieron a tropel en el comercio como una jauría de galgos persiguiendo al conejo del consumismo. La estampida pilló desprevenida a Otilia quien, a causa de la fuerza centrífuga, terminó girando sobre sus pies en una pirueta digna de David Bisbal.

– Uy, qué mareos… y no me he traído la Biodramina conmigo… Aysss… Qué malica me he puesto en un momentillo de nada…

Otilia pasó de su rosado color carne habitual al verde en cuestión de segundos pero logró recuperarse y entrar sin tambalearse demasiado en la tienda aunque, desorientada, confundió el baño de señoras con la planta de ropa. Ni siquiera se dio cuenta de su error cuando intentó probarse un lavabo y vio que no le cabía.

–  No se moleste, Señorita – Le dijo a su propio reflejo en el espejo pensando que era una dependienta – Creo que no es de mi talla y, además, el tejido es muy recio. Casi mejor que lo dejo y me voy a mirar otras cosas.

Otilia consiguió salir del baño y finalmente encontró la sección de ropa. Cuando estaba a punto de coger una chaquetilla torera que le había gustado (A pesar de que en realidad eran unas bermudas estampadas), una inesperada explosión sacudió la tienda. En medio de la espesa nube de humo que se había generado aparecieron unas tenebrosas figuras. Los guardas de seguridad del local corrieron hacia ellas, pistola en mano, a ver qué pasaba pero unas veloces manchas negras salieron del humo y los derribaron antes de que pudieran hacer nada, siendo desarmados y maniatados en cuestión de segundos. ¡El comercio estaba siendo atacado por ninjas! (¡Hala! ¿Qué interesante se está poniendo esto de repente, no?). La tienda se llenó de gritos histéricos.

– ¡SILENCIO! – La atronadora voz provenía del centro mismo del humo.

Todas las cabezas de los presentes se volvieron a mirar impactadas.

Uno de los ninjas, cámara de vídeo en ristre, comenzó a grabar la escena apuntando a la voz.

– ¡Acción! – Gritó el ninja.

Un hombre calvo y grueso, de gesto severo, vestido como un científico loco (O como un dentista, que igual eso os da más miedo) y con el dibujo de media calavera roja pintada en la parte derecha de su cara y luciendo un monóculo en su ojo izquierdo y basta ya de describirlo, emergió del humo haciendo una fascinante entrada teatral. Alzó el potente altavoz que llevaba en su enguantada mano derecha y, colocándoselo frente a la boca, se dirigió a su obligado público.

– Buenos días, damas y caballeros, mi nombre es Doctor Monóculo y esto es un secuestro ¡COJ-COJ!… – Tosió – ¡Maldito humo!, ¡Cómo se mete en los pulmones el jodío! ¡COJ!

(Continuará… Si… Probablemente…)

El juego de las palabras (Un relato porno-erótico-festivo)

Nuevamente me he embarcado en la aventura de continuar un relato comenzado por otros. Me he dado cuenta que me motiva el reto que supone que te den un argumento ya fijado y tener que crear algo nuevo a partir de ahí. Es interesante comprobar como cada uno lleva la historia a su terreno y poco a poco da vida a los personajes y las situaciones.

Como todo Meme, este también tiene sus reglas. Primero lee esto y luego vuelve por aquí 😀

En capítulos anteriores:

Manolo está ‘mal del bolo’. Al menos a mi esa es la única explicación que se me ocurre para que un jubilado de 65 años acabase en un prostíbulo y le pasase lo que le pasó.

Según él, iba simplemente a tomar un Gin-tonic para calentarse el cuerpo debido a las bajas temperaturas del exterior, pero el caso es que una de las prostitutas se lo llevó a la cama y como su ‘manolito’ no se le levantaba, le echó algo en la bebida para ayudar. Pero claro, Manolo ya no es un jovenzuelo y tener prácticamente toda la sangre concentrada en una sola parte del cuerpo no es sano, así que hasta tuvo ciertos delirios de los que despertó al percatarse de que la ‘pilingui’ y sus compinches le estaban robando la cartera. El anciano logró incorporarse y salió escopeteado del prostíbulo a perseguirlos sin tener demasiado en cuenta que iba completamente desnudo y con una tremenda erección que no se bajaba de manera alguna…

Y, acto seguido, mi surrealista continuación de la historia:

La comisaria Gabriela Montes no había tenido que hacer frente a caso más rocambolesco que ese en sus ya veintisiete años de servicio en el cuerpo de policía. En esos momentos se encontraba en su despacho reunida con dos curiosos personajes: un sexagenario visiblemente avergonzado y semi-desnudo (En realidad, la patrula nocturna se lo había encontrado completamente en pelota picada pero en comisaría le habían facilitado algo de ropa para taparse un poco la tremenda erección que lucía) y una mujer enana de apenas un metro de estatura que gritaba como una posesa. ¿Cómo era posible que de un cuerpo con la altura aproximada de una chincheta salieran semejantes alaridos?

– Señora, no logramos entenderla con tanto vociferio – Dijo Bernardo, el otro policía que se encontraba en la estancia – Trate de calmarse un poco para que podamos escuchar su versión de los hechos.

La enana, que respondía al nombre de Eduvigis, hizo el mayor de sus esfuerzos por controlar sus nervios. Tan grande fue que parecía que se estaba conteniendo para que no se le escapara algún pedo inoportuno.

– Ya se lo he dicho, estaba yo tranquilamente regando mis geranios…

– ¿A la una de la madrugada? – Preguntó inquisitiva la comisaria Gabriela.

– Las plantas crecen mejor de noche, con la luna llena, ¿No lo sabía?

– Pues no, pero continúe…

– El caso es que en un descuido se me cayó la regadera a la calle.

– ¿Y fue a parar sobre el señor empalmado, aquí presente, que se desnudó porque le habían calado? – Apuntó Bernardo a quien la situación le parecía enormemente divertida.

El pobre Manolo ni hablaba. A cada momento que pasaba sentía más apuro, especialmente porque la comisaria no dejaba de mirarle con evidente curiosidad la descomunal ‘tienda de campaña’ que se alzaba en su pantalón.

– ¡No! ¡No fue así! – Volvió a gritar Eduvigis – Bajé a recoger la regadera y entonces este maldito pervertido – Miró furibunda al anciano – ¡ME VIOLÓ EL OJO!

¡¿QUÉ?! – Exclamaron Bernardo y Gabriela al unísono.

– Verán, – Continuó explicando Eduvigis – es que tengo un ojo de cristal – Y alzó su mano hasta su ojo izquierdo y se lo quitó (Se oyó un ¡Pop!) ante el asombro de los agentes – y, en ocasiones, se me afloja y se me cae. Cuando fui a recoger la regadera del suelo, el ojo se me resbaló y antes de que pudiera colocármelo de nuevo, el pene de este energúmeno se coló en la cuenca vacía… ¡¡ME VIOLÓ EL OJO!!

Bernardo pensó en ese instante que la peculiar Eduvigis era un verdadero desastre; todo se le caía: La regadera, el ojo, las tetas hasta el suelo…

La comisaria Gabriela tuvo un ligero problema con la bebida hacía ya bastantes años (Todo lo ligero que podría considerarse el haberse emborrachado tanto en una noche loca como para acabar casándose con un travesti vietnamita en un viajecito a Las Vegas. Afortunadamente para ella, el travesti se enamoró pronto de un entrenador de aves exóticas y le concedió el divorcio) y no tenía muy claro si lo que estaba viviendo en esos momentos era fruto de las secuelas que posiblemente le habían quedado.

– N-no era esa mi intención – Trató de disculparse Manolo que estaba lo más alejado posible de Eduvigis para evitar que la mujer lo estrangulara o mordiera como había intentado hacía apenas unos momentos – Ya les he explicado que me habían robado y yo corría persiguiendo a los ladrones cuando se cruzó ella y…

– Si, nos hacemos cargo – Dijo la comisaria repasando mentalmente el también disparatado argumento que el anciano les había intentado contar poco antes de que Eduvigis comenzara a gritar y lo interrumpiera.

– ¡No le hagan caso! – Vociferó de nuevo la enana – ¡Me conozco muy bien a los tipos de su calaña! ¡ES UN OBSESO VIOLA TUERTAS!

Gabriela, viendo claramente que la mujer no tenía intención alguna de calmarse, pues ya se abalanzaba de nuevo sobre Manolo dispuesta a dejarle la cara como un cromo, le dijo a Bernardo que sería mejor llevársela a otra oficina para tramitar la pertinente denuncia.

– ¿Y con este qué hacemos? ¿Lo meto en los calabozos? – Preguntó el policía.

– Como lo encerremos en las celdas con eso que lleva entre las piernas, va a hacer ‘amigos’ muy pronto… Igual podríamos usarlo de perchero…

– Señora, por favor, no se burle, que bastante tengo con lo que tengo… – Pidió lastimoso Manolo.

– Tiene razón, perdóneme. Bernardo, aproveche y llame al doctor Sigüenza.

– ¿Al veterinario?

– Si, probablemente sólo él sea capaz de hacer algo con esa erección de caballo…

***

Yyyyyy… (Redoble de tambores) mi querida Getzsemane será la encargada de continuar esta peculiar historia ;P

Entrevistando a Chesire (Porque él lo ha pedido)

Chesire, ese peculiar gato que me acompaña en la tarea de regentar este blog, ha insistido en que, como los dos trabajamos al unísono, ya va siendo hora de que lo conozcáis un poquito más (Que eso de ser el segundo de a bordo no lo lleva nada bien). Como no estoy yo como para que me maree más de lo necesario (Que ya lo hace… Y demasiado!), le he concedido su deseo en forma de entrevista. Además, según creo, quiere anunciar algo.

No había presupuesto para mucho y, aunque Chesire deseaba que le entrevistara Oprah Winfrey, al final ha tenido que ser un estudiante de periodismo quien lo hiciera y eso le ha cabreado bastante con lo que ha respondido a las preguntas algo enfurruñado (Incluso más que de costumbre). Creo que el becario se está pensando en estos momentos si terminar la carrera, el pobre, o dedicarse al macramé

– Buenos días.

– Buenas noches.

– ¿Eh?

– Esa letra me la conozco. Me sé todas las del abecedario.

Ô_o Bueno… Empecemos…

– Pues si. Así en algún momento u otro terminaremos.

– Hablemos un poquito de usted. ¿De dónde surgió la idea de crear un blog?.

– De donde surgen todas mis ideas: de la inconsciencia.

– ¿Cómo?.

– Si tiene hambre… No seré yo quien se lo impida, pero no eche migas al suelo que luego hay que barrer.

– No, no, me refería a… es igual… ¿No cree que contar en internet las cosas que le suceden es contraproducente? Es casi como desnudar el alma.

– Yo desnudo pierdo mucho. Principalmente pierdo la ropa. Además en este blog no sólo se habla de mí, la mayoría de las veces ni siquiera sé de qué estoy hablando.

– ¿Va a contestar alguna pregunta con un mínimo de lógica?.

– Para ello usted tendría que demostrar un máximo de talento haciendo las preguntas, pero no se preocupe, sé conformarme.

Ejem¬_¬ ¿Por qué llamó al blog: ‘La Sonrisa de Chesire’?

– En realidad ese no fue su primer nombre. Iba a llamarlo: ‘Me aprietan los calzoncillos, por eso tengo voz de pito’, pero me pareció un nombre demasiado largo y doloroso.

– º_º Emmm… Sigamos… ¿Cómo definiría su blog?

– Preferiblemente con palabras. Podría hacerlo con silbidos pero sería más complicado entenderlo.

– ¿Se cree usted gracioso?

– No especialmente pero, según tengo entendido, la gente hasta se ríe de algunas cosas que escribo. Ya ve usted qué grosería.

– Errr… Bueno, me han dicho que quería hacer un anuncio para los que le leen. ¿No es así?

– Cierto, cierto. Dentro de muy poquito (‘Muy poquito’ es un término relativo en este blog… ejem…) tendréis por aquí algunas páginas de cómic protagonizadas por mi. ¡Estad atentos! 😀

– Según mis informaciones Bram también va a salir en esas tiras cómicas.

– Si, la verdad es que insistió en ello y yo soy de corazón generoso. He aceptado generosamente todo el dinero que me ha pagado para poder aparecer como co-protagonista.

– ¡Vaya!

– ¿A dónde? Si aquí estamos tan a gustito…

– No, yo decía… Emm… ¿Porqué cree que alguien debiera leer su blog en vez de… no sé… ver la tele, por ejemplo?

– Porque apenas hay un canal de televisión decente, el único canal interesante es el ‘canalillo’ y como una mujer note que se lo miras te codifica la emisión de una bofetada.

– Señor Chesire, le dejo por imposible. Es usted el entrevistado más extraño que he tenido en mi vida.

– Usted es el entrevistador más feo que he tenido en la mía pero se lo digo como anécdota.

– ¡¡Y además es insoportable!! ¡¡Adios!! Ò_Ó

– ¿Ya se marcha? Si lo estábamos pasando tan bien…

¡Tierra trágame!

Esta expresión se suele emplear cuando sucede algo que desearíamos que no hubiera tenido lugar. La historia que os voy a contar es digna merecedora de un sonoro ¡Tierra trágame!, al menos seguro que fue eso lo primero que pensó la protagonista del relato.

Viajar en autobús en ocasiones puede convertirse en una experiencia bien curiosa y yo viajo en el bus urbano todos los días para ir al trabajo ya que se encuentra lejos de mi casa y no tengo coche. Normalmente suelo ir leyendo un libro, inmerso en las aventuras de sus personajes y sin hacer mucho caso a lo que me rodea porque por lo general no suele ocurrir nada extraordinario pero siempre hay algún momento en que desvías la mirada de la lectura y descubres algo que te llama la atención: como aquel día que vi por la ventana a un señor todo trajeado con pinta de millonetis, conduciendo su cochazo con una sola mano y con la otra metiéndose un dedo en la nariz con tal interés que parecía que se estaba rascando el cerebro. Pero eso no fue nada comparado con lo que le ocurrió a Mary la Rapera.

¿Que quién es Mary la Rapera? Pues una muchacha que viajaba en el autobús y a la que yo bauticé así tras fijarme en las pintas que llevaba. Era una chica de unos diecimuchos o ventipocos años que parecía que se había tragado a Eminem para desayunar y se había quedado con su ropa. Mary estaba de pie dale que te pego al móvil, hablando sin parar supongo que con otra muchacha de su edad a la que denominaba ‘tía’ y que la escuchaba al otro lado del teléfono. Le estaba contando unas historias de amplio contenido intelectual basadas en lo mal que al parecer se llevaban un tal Johnny (Lo que viene siendo el ‘Juanillo’ castizo de toda la vida) y un tal Maikel al que, a la vista de cómo hablaban de él, más le valdría entrar en un programa de testigos protegidos, cambiar de identidad y mudarse pronto de ciudad.

– Ya, tía, pero es que el Johnny es un bocas y, por mucho que diga, no tiene cojones de pillar al Maikel un día y darle de hostias como se merece. A ver si se decide pronto y lo manda al hospital de una puta vez.

Como podéis comprobar, Mary era, ante todo y sobre todo, muy discreta hablando, así que nos tenía a todo el autobús pendientes de su conversación no tanto por una cuestión de inclinación hacia el cotilleo de los allí presentes sino por el hecho de que era prácticamente la única que hablaba y además bien alto, sin consideración alguna hacia el resto de pasajeros, taladrándonos los oídos con su incesante verborrea. Yo imagino que semejante espécimen humano había nacido en el Bronx neoyorquino y nos la habían traído a España por correo certificado tratando de librarse de ella. Su interlocutora, la ‘tía’, o se había caído muerta en el sitio escuchándola o era muy parca en palabras porque Mary la Rapera apenas hacía pausas en su conversación-monólogo. En los escasos segundos en que Mary no hablaba se entretenía masticando un chicle, ‘amasándolo’ tanto con los dientes que parecía que luego lo iba a hornear para hacer magdalenas de goma. Fue entonces cuando llegué a la conclusión de que sus mandíbulas no tardarían mucho en concertar una cita con los sindicatos obreros para pedir un aumento de sueldo debido al agotador trabajo al que Mary la Rapera las sometía.

El caso es que justo enfrente de Mary se sentaba una señora de mediana edad y con el pelo cardado que aparentaba ir tan tranquila en el autobús disfrutando del trayecto pero, al parecer, no era así pues algo maligno se estaba fraguando en su interior y ese algo salió expulsado inesperadamente por su boca en forma de vómito (La mujer llevaba un tremendo mareo encima), regando ampliamente el pantalón de Mary la Rapera a quien todavía no logro entender cómo no se le cayó el chicle de la boca de la impresión.

– ¡¡JO-DER!!… Tía, qué fuerte, no te vas a creer lo que me ha pasado… ¡Me han vomitado encima!… Tengo que colgar – Le dijo Mary la Rapera entre sorprendida y enfadada a su amiga la ‘tía’ (A quien me hubiera encantado haberle podido ver la expresión de la cara mientras oía esas palabras). Y después de un breve momento de gritos, tensión y recriminaciones, Mary ya no abrió más la boca. A partir de entonces y hasta que llegó a su parada se mantuvo completamente en silencio (Temerosa tal vez de que la del cardado la atacase con sus efluvios corporales nuevamente pues aún estaba a tiempo de lanzarle un escupitajo al ojo para rematar la faena), entretenida con un amasijo de cleenex en las manos, tratando de limpiarse ‘el regalo’ que le había dejado encima la señora.

Desde luego hay que reconocer que como método para hacer callar a la gente es efectivo pero no todos los autobuses cuentan con una oportuna señora vomitona en su interior y sin embargo si que es probable encontrarse a más de un pasajero pesado.

¡Que nos van a dar las uvas!…

31 de Diciembre y otro año que se despide.

Hay quien aprovecha para reflexionar sobre el año que dejamos pero yo he decidido recordar algunos momentos vividos en otras nocheviejas y tratar de dar respuesta a esas cuestiones tan extrañas que siempre me inquietan.

Como siempre (Bueno, desde hace unos años), la tarde del 31, aparte de ejercer de pinche de cocina de mi señora madre, soy el catador oficial de los alimentos que vamos a ingerir esa misma noche (Este último puesto me lo he adjudicado yo, no por glotonería, qué vaaaaa…, sino por evitarle a mi madre el tener que probar ella misma todas sus sabrosas comidas que eso es mucho trabajo pa uno solo… Ejem…).

Muy posiblemente nos pondremos a hacer unas riquísimas trufas caseras de chocolate para tomar como postre en la comida del día 1, que tienen el don de la invisibilidad pues, nada más que se ponen en la mesa desaparecen que da gusto ;P

Lo mejor de todo, aparte de comerlas es la elaboración de las mismas con la mantequilla, la leche condensada, el chocolate de cobertura, las virutas de chocolate y el licor… Ay, el licor, que siempre nos depara una curiosa escena navideña que se repite año tras año:

Mi señora madre está toda feliz echando licorcito a la masa de las trufas y, en determinado momento, cuando ella ya cree que ha echado suficiente, dice:

– Uy, me parece que estoy echando demasiado

A lo que yo contesto siempre:

– Y… ¿Qué tal si vuelves la botella hacia arriba, mamá? XD

El primer fin de año que recuerdo fue uno de los años 80 cuando yo era un joven e inocente muchachito. Estábamos en casa de mis abuelos y apareció por la tele la cantante bizca italiana Sabrina Salerno. Cantaba en playback su única canción conocida (Boys, boys, boys) embutida en un corsé blanco que dejaba poco lugar a la imaginación. Se movía dando unos saltitos que más bien parecían las contorsiones de una epiléptica y, claro, teniendo un busto generoso y con semejantes aspavientos pasó lo que tenía que pasar. Se le salió una.

¡Zas! ¡La teta encima de mis langostinos!… (Que no es por quejarme pero fue un poco violento. Nadie nos había presentado).

¡Esa es otra! ¡Hay que joderse con los langostinos! La de trabajo que llevan para acabar no comiéndote apenas nada.

* ¿Que te los pelas a mano?

Acabas todo pringoso y con el plato lleno de cáscaras.

* ¿Que vas de ‘finolis’ y quieres usar cuchillo y tenedor para comerlos?

Eso parece una obra de ingeniería.

Y, digo yo, no podían venir los langostinos de fábrica con velcro?

Sería mucho menos complicado, dónde va a parar

Plato, postplato, recontraplato…

La cena se transforma en un proceso más largo que el del piropo de un tartamudo. Los jugos gástricos todavía no han digerido el cordero que nos zampamos el día de Navidad y ya estamos dándoles marcha otra vez. Venga a comer y a comer y a comer, que parece que nos estemos cebando para la matanza. Luego, entramos al baño a liberar equipaje y lo tenemos ahí, en un rinconcito, asustao. El váter no sale de su asombro y es que, cuando le enseñamos el lugar por donde el sol no entra, al pobre le da un patatús. Menudo regalo de navidad que le damos. Es un oficio muy duro eso de ser váter y no está para nada reconocido.

Las uvas también llevan su liturgia, no os creáis. Lo primero es elegir las más pequeñas que si no, no hay manera de tragarlas. Hay quien les quita la piel, yo no, pero si que les quito las pepitas no vaya a ser que un buen día me germine una y me crezca un racimo de uvas en mitad del estómago y casi mejor que no, que el vino se me sube enseguida a la cabeza y ya me veo todo el día borracho.

Lo que siempre sucede es que mi señora madre empieza a comérselas nada más que aparecen los presentadores en La Puerta del Sol porque dice que si no, no le da tiempo y yo, que me siento a su lado en la mesa, me entretengo quitándoselas para que no pueda comérselas hasta que no llega la hora.

Como siempre estamos distraídos con nuestra particular batalla de Nochevieja, el reloj empieza a dar los cuartos y a lo que nos queremos dar cuenta ya lleva varias campanadas y terminamos metiéndonos las uvas a presión, llenándonos la boca como una ardilla y sin poder tragar ni una. A mi me entra siempre la risa floja y, en el momento menos sexy de toda mi vida, acabo el año sin haberme comido todas las uvas y chorreando jugo como un perro rabioso. ¡Pero las risas que me echo no me las quita nadie!, así que espero que a vosotr@s os pase lo mismo y comencéis 2008 con una sonrisa en la cara. 😀

¡¡¡QUE TENGÁIS UN MUY FELIZ AÑO!!!

Jou Jou Jou :D

Ahhhh… La Navidad… Con sus lucecitas de colores, el turrón, el reencuentro con la familia, los Papá Noel… Si, si, LOS Papá Noel y es que por mucho que por estas tierras seamos más de los Reyes Magos de Oriente, que son tres, Papá Noel, aun siendo uno, parece una plaga y termina convirtiéndose en legión.

Aunque yo no debería decir esto muy alto porque…

Esperad que compruebo que no me oye nadie más que vosotr@s…

Ajá…

Ahora puedo decirlo…

Yo…

He sido Papá Noel.

Y por dos años consecutivos…

Si, lo sé…

Pero aclaro que fue por una buena causa.

Estuve colaborando con la Asociación Española Contra el Cáncer ejerciendo de Papá Noel en una céntrica plaza de Zaragoza en donde se celebraba un mercadillo navideño para recaudar fondos. Había un montón de puestos en donde se vendían guirnaldas que las voluntarias habían hecho durante todo el año, belenes, artículos de regalo, pastelería, juguetes… Y otros tres compañeros y yo (El año pasado éramos dos parejas de chico y chica; este año el único chico era yo) estábamos dando vueltas por la plaza divirtiendo a los peques con caramelos y globos y alguna historia inventada que otra (Que los niños te preguntan de todo al ser Papá Noel y hay que hacer uso de la imaginación).

¡Y qué queréis que os diga pero los críos son la monda! 😀

O se asustan nada más que ven a un tipo regordete que parece una menstruación andante con barba blanca, o te recitan varias veces la lista de regalos que han pedido por si no te ha quedado clara (Que eso de que Papá Noel sea un viejales no ayuda precisamente a que confíen en su memoria) Hasta hay alguno que te abraza como si le fuera la vida en ello inundándote con una muestra de cariño que no esperabas y es complicado evitar que se te caiga la lagrimita.

Aysss… :___)

Los peores suelen ser los padres:

Deme el globito rosa para la niña, el azul no, el rosa, que el azul es para niños.

Que te entran ganas de preguntarle a la mujer si la niña es hija de un bote de tinta y una pluma por su obsesión con los coloritos (Siempre he pensado que es una tontada eso de la diferenciación del rosita y el azulito. A mi el rosa no me gusta porque no me gusta, no porque sea ‘de niñas’. Los colores no tienen sexo y si lo tienen… mejor pa ellos. ¡¡Que lo disfruten!!).

Hablando de colorines, Blanca BK (Una genial Ilustradora Zaragozana) y su simpática amiga Nuria hicieron un taller de Ilustración para los críos y yo estuve por allí merodeando junto con una compañera Mamá Noel y me llevé de regalo este dibujo que me hizo una cariñosa niña. 😀

Viví un momento muy surrealista al llegar los muchos nietos de la presidenta de la Asociación. Estaba yo en la otra punta de la plaza repartiendo globos cuando vinieron los dos chicos de seguridad que custodiaban el recinto y me dijeron que los acompañara. Me llevaron escoltado por el exterior de la plaza para que nadie me viera y llegase así a donde estaban los nietos sin interrupciones por el camino. Y allí me esperaban unos cuantos críos llamando a Papá Noel como si fueran fans adolescentes de David Bisbal en mitad de un concierto. Estuve a punto de ponerme a cantar el Ave María, Cuándo serás mía jejejejeje ;p

Así contado, el trabajo parece divertido, pero no está exento de riesgos.

El problema principal es la altura de los críos porque, cuando te metes dentro de una aglomeración de niños ávidos de globos y caramelos y todos quieren hablar contigo, siempre hay alguno que intenta reclamar tu atención por encima del resto así que te da ligeros golpecitos para que notes su presencia. Y claro que la notas, especialmente porque su mano sólo llega hasta ‘cierta’ altura y el puñetero niño te está dando ‘gol-pe-ci-tos’ en los ‘pendientes reales’. Y eso duele… ¡Mucho! (Que sepas, niño, que me voy a encargar personalmente de que tengas carbón este año! ò_ó).

Otro problema es que estás varios días saludando a todo peque que te pasa por delante y luego sucede que se te queda el gesto automatizado y, sin darte cuenta, cuando vas ‘de paisano’ paseando tranquilamente por la calle, les sonríes a los niños y los saludas como si tal cosa y claro, los padres te miran raro y van corriendo al juzgado a pedir una orden de alejamiento para ese tipo chungo que se merienda con los ojos a su inocente criaturaO_O

También ocurre que como la plaza tiene una enorme fuente central, cuando la encienden solo oyes el ruido del agua discurrir y había alguna que otra voluntaria, ya entrada en años, que hacía no pocas visitas al baño a causa de esto. Creo que perdió varios kilos, la pobre. XD

Y que el traje y la peluca dan un calor tremendo, y que luego te pica todo, y que los niños te llenan de mocos y babas… Pero son cosas sin importancia. En fin, que fue una experiencia muy bonita y el año que viene volveré a repetir. ¡Seguro!.

Papá Noel y mis renos:

Rudolph

Trueno

Rayo

Centella

y

Relámpago

Os deseamos

FELICES FIESTAS A TOD@S

Jou Jou Jou ;P

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