“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) ¡Vaaaaamos a por la segunda parte!

En un apartamento normalucho, ni muy lujoso ni muy cochambroso, el veinteañero Bruno Tapia ejercitaba los músculos de su mandíbula desayunando en la mesita del cuarto de estar una ligera tostada con mantequilla y mermelada de fresa mientras miraba los dibujos por la tele cuando, de improvisto, cortaron la emisión para emitir un especial informativo.

– ¡Miér… coles!, ¡Lo han dejado en lo más interesante! ¡Ahora que parecía que el Coyote iba a lograr por fin acabar con el Correcaminos!… – Refunfuñó Bruno al tiempo que dejaba la tostada sobre el plato, absorto con lo que estaban diciendo en las noticias. Su perro Pelanas, un orondo San Bernardo muy sibarita para las comidas, vio en ese instante la ocasión idónea para zamparse la tostada sin que su amo se percatara pero, luego de habérsela tragado, pareció arrepentirse y a cambio le dejó sobre el plato una galleta de perro, algo chuperreteada, con un peculiar sabor a pepinillos.

El presentador estaba hablando del secuestro de un comercio cercano y pasó a leer un comunicado que les había hecho llegar el cabecilla de la banda armada que había provocado la alarma. Bruno cogió lo que él creía que era la tostada y la mojó en el café. Cuando el locutor terminó de leer, el joven dejó el café sobre la mesa, se metió la galleta en la boca sin pensar y se levantó rápidamente del sofá para ponerse en acción.

– ¡Mamá! – Gritó el joven acercándose a la cocina – ¿Hiciste ayer la colada? He de ponerme mi uniforme. ¡La ciudad me necesita!.

– ¡¡No soy tu maldita criada, hediondo saco de estiércol!! – Vociferó agresivamente la mujer al otro lado de la puerta para suavizar melosamente su tono apenas unos segundos después – Si, cariñito, tienes el uniforme en tu armario, lo dejé planchado y colgado esta mañana intentando no despertarte mientras dormías.

– ¡Gracias, mamá, eres la mejor! – Sonrió Bruno mientras se acercaba a su cuarto, se quitaba el pijama y se vestía rápidamente con su disfraz de superhéroe.

– ¡¡Ten mucho cuidado, excremento de hipopótamo!! – Volvió a gritarle su madre cuando lo oyó cruzar de nuevo el pasillo – Ojala lo soluciones todo para la hora de la comida, cielín… Te estoy preparando tu plato favorito…

– ¡Geeeenial!, ¡Te quiero, mamaíta! Por cierto, habrá que comprar otra marca de mermelada, esta deja un regusto extraño a pepinillos… – Dijo Bruno al tiempo que salía a gran velocidad de la casa, tremendamente ansioso por ayudar a los oprimidos.

***

Un montón de coches de policía rodeaba la tienda pero los agentes no se atrevían a hacer nada por temor a que hubiera represalias, al menos hasta tener controlada la situación. La tensión era palpable en el interior del comercio. Los rehenes se apelotonaban unos junto a otros como queriendo protegerse de las afiladas katanas de los ninjas.

– Si ustedes se portan bien, si no me dan problemas, – Dijo el Doctor Monóculo por el altavoz – tampoco los daré yo. Cooperen y todo será sencillo. No queremos que nadie salga herido, verdad chicos?.

– ¡SI, NUESTRO PRIMERO! – Gritaron algunos ninjas al unísono.

El Doctor Monóculo podía ser todo un genio criminal pero tenía muy mala memoria, de hecho, la mayoría de las veces hasta se olvidaba de dónde estaba su guarida archi-hiper-mega-ultra-super-secreta y se veía obligado a llamar a su madre por teléfono para que se lo dijera porque está demostrado que las madres siempre saben mejor que uno mismo dónde guarda las cosas (Generalmente porque ellas han decidido cambiarlas de sitio sin consultar a nadie). Afortunadamente al villano se le había ocurrido enumerar a sus esbirros para no tener que recordar sus nombres. De esa manera él era ‘El Primero’ y el resto iban por orden. Segundo era el que grababa en cámara todo lo que sucedía para tener un recuerdo fiel de cada fechoría que hacían ya que opinaba que por televisión siempre lo tergiversaban todo, Tercero era un auténtico maestro del camuflaje, un experto en disfraces, Cuarto era el más fuerte de todos ellos, aunque también el menos inteligente, una verdadera ‘bestia parda’, de esos que golpean primero y preguntan después, Quinto era el quejica, siempre ponía pegas a todo, había insistido hasta la saciedad en que no le llamasen ‘cinco’ porque tenía muy mala rima (‘Por el culo te la hinco’) pero a sus compañeros les parecía demasiado gracioso poder fastidiarle continuamente como para hacerle caso y… bueno, a los demás todavía no los tenía muy fichados pero mientras cumplieran con su papel poco más importaba.

– Si este punto está claro, y por su bien espero que lo esté, – El Doctor Monóculo les lanzó una severa mirada a sus secuestrados – les diré lo que van a hacer a continuación, quiero que ustedes…

– Oiga… Oiga… – Inesperadamente se escuchó una vocecita a lo lejos.

– ¡¿Qué?!… ¿Quién osa interrumpir mi discurso? – El malvado Doctor Monóculo no lograba comprender lo que estaba pasando y miró confuso a su alrededor tratando de descubrir de dónde provenía esa voz chillona que le  importunaba.

Tercero la señaló.

– Perdone… Soy yo… Estoy aquí. – Una mano sobresalía de entre la asustada multitud. Otilia iba dando saltitos tratando de abrirse paso, ante la sorpresa de todos, mientras se acercaba al malhechor para que la viera. Cuando logró salir de entre el gentío, el forzudo Cuarto fue a interponerse entre ella y el Doctor Monóculo pero éste ordenó a su lacayo que la dejara pasar. Otilia llegó hasta el villano quien no pudo evitar preguntarse al observarla si lo que llevaba en la cara la mujer era una máscara de Carnaval o realmente era su verdadero rostro, en cuyo caso era más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudao a las tres de la mañana.

– Casi no se le oye…  ¿Qué ha dicho? – Preguntó inocentemente Otilia.

– ¡¿Cómo?! – Dijo el criminal estupefacto. – ¡¿Que no se me ha oído?!.

– Me temo que no, el altavoz ha dejado de funcionarle justo después de pedir silencio – Comentó Otilia – Igual los de delante han podido oírle bien pero yo que estaba por detrás no me he enterado de nada.

El villano miró a sus rehenes esperando algún tipo de confirmación o desmentido. Los presentes asintieron. El Doctor Monóculo volvió su vista entonces hacia Segundo visiblemente enfadado. Parecía hervir en fuego, como si hubiera probado una comida con mucho picante o se hubiera pillado los huevos con la cremallera del pantalón (O_O ¡Ouch! ¡Qué daño!).

– ¡¿Te has acordado de ponerle pilas a este puñetero cacharro?! – Preguntó.

Segundo salió de detrás de la cámara un momento. Estaba vestido, al igual que sus compañeros, con el típico traje negro de ninja que sólo deja al descubierto los ojos pero, aun así, se notó perfectamente que se estaba ruborizando.

– Errr… Bueno… Yooo… Tal y como están las cosas… Igual se me ha debido olvidar… – Y es que Segundo se ponía enormemente nervioso antes de cada atraco. Se veía a si mismo más como un cineasta,  como un artista, que como un malhechor.

– ¡¡So merluzo!! ¡Con lo delicada que tengo la voz y voy a tener que estar todo el rato gritando por tu culpa! ¡Espero que al menos hayas cargado la batería de la cámara!.

– Si, claro Mi Primero, eso si, la dejé cargándose toda la noche – Explicó Segundo tratando de disculparse al tiempo que pensaba si había recordado meter una cinta o en realidad no se estaba grabando nada de nada

– En fin, como iba diciendo cuando creía que se me escuchaba…

De repente sucedió algo extraordinario. Comenzaron a oírse unos golpes secos y varios de los ninjas que mantenían presos a los guardias y a los rehenes empezaron a caer desmayados sobre el suelo, como si algo o alguien estuviera golpeándolos y dejándolos K.O. al instante pero… ¡Era imposible! ¡Allí no había nadie!… O, al menos, no parecía haberlo…

– ¿Y ahora qué ocurre?… ¡¿Es que no voy a poder acabar mi discurso en paz?!.

– Esta función está cada vez mejor – Pensó Otilia creyendo a pies juntillas que estaba presenciando una curiosa obra de teatro – Qué pena no haberme traído algo para picar. Se me están antojando unos pepinillos…

Varios ninjas esgrimieron sus katanas ferozmente, tratando de amedrentar a ese ‘algo’ invisible que les estaba golpeando… pero era inútil, ni siquiera sabían hacia dónde dirigirse para atacar. En apenas unos segundos, más de la mitad de los asesinos yacían derrotados a lo largo de la estancia.

Entonces, la maquiavélica mente criminal del Doctor Monóculo se puso a trabajar y decidió intentar un acto desesperado. Agarró fuertemente a Otilia y quitándole la katana a Quinto (Que se quejó, claro: – Oye, que es mía!), se la puso a la mujer cerca del cuello.

– ¡Seas quien seas, date a conocer o esta mujer morirá! – Amenazó el malvado.

Apenas tuvieron que pasar unos segundos para que una figura comenzara a materializarse poco a poco de la nada.

– ¡Oh, no!… ¡¿TÚ?! – Exclamó el villano sorprendido.

El Doctor Monóculo comprendió en ese mismo instante que iba a tener un día realmente complicado…

(Digo yo que no podemos dejarlo así, habrá que continuar la historia… ;P)

“CON CAPAS Y A LO LOCO” (Una historia de superhéroes, supervillanos y tontadas varias) Primera parte de unas cuantas partes.

La entrada al comercio se encontraba abarrotada debido al inicio oficial de las rebajas. Miles de mujeres (Y algún que otro hombre que se había metido sin querer dentro del gentío y ya no sabía cómo salir de él) hacían cola para cuando se abrieran las puertas del lugar. Entre todas esas personas se encontraba Otilia. Tenía unos cincuenta años y era poseedora de lo que bien podría denominarse, siendo generosos, como una ‘Belleza distraída’ (O quizá ‘Atentado estético en toda regla’). Cualquier persona que se hubiera fijado en ella una sola vez, se lo pensaría mucho antes de volver a mirarla una segunda. Con un susto al día ya bastaba. De hecho, hasta sobraba. El peinado de la mujer era un verdadero prodigio de la ingeniería más disparatada. Era prácticamente imposible que todos esos rizos aparecieran sin orden ni concierto sobre su cabeza sin ser algo premeditado. Hasta el pelo de un recién levantado tras una noche particularmente difícil sentiría vergüenza de amanecer así. Sus gafas, con unos enormes cristales de aumento que harían palidecer de envidia al mayor telescopio del mejor observatorio astronómico, y su tremendamente desgarbada figura, le conferían el aspecto de una Mantis Religiosa a punto de merendarse al macho aunque, sin duda alguna, en este caso era la hembra la que iba perdiendo ostentosamente la batalla (Seguro que pensaréis que estoy siendo demasiado frívolo al describirla y me diréis eso de que ‘La belleza se encuentra en el interior’ pero yo no le he visto los huesos a Otilia así que no puedo opinar). El caso es que nuestra adorable cincuentona estaba conversando animadamente con alguien que había conocido esperando a que abrieran.

– …Y yo, muy digna, le dije a mi jefe que me había hecho una marranada, que tras 35 años trabajando como secretaria en la empresa no era plan que todo terminase así. Pedí una buena indemnización, desde luego. Prejubilada a causa de mi vista deficiente, que estaba cegata, me dijo. ¡Yo no tengo mala vista! Mis ojos están perfectamente. Llevo gafas porque me cuesta enfocar un poco pero eso es todo. Tampoco es algo alarmante…

– Señora,… disculpe,…– Una joven que estaba inmediatamente después de Otilia en la fila y que (Inexplicablemente) llevaba un buen rato observándola sin caer presa del pánico, le tocó el hombro para llamar su atención. – ¿A quién le habla?.

– Pues a esta chica tan simpática, querida. – Dijo Otilia señalando inocentemente frente a ella.

La joven miró hacia el lugar, miró luego a Otilia, volvió a mirar extrañada al lugar indicado y finalmente giró de nuevo su vista sobre Otilia.

– Señora… P-pero si eso es un póster de dos metros de Meg Ryan anunciando las rebajas

– Oh… Vaya… Ya decía yo que la notaba algo cabezona…

En ese momento las puertas se abrieron. Las mujeres irrumpieron a tropel en el comercio como una jauría de galgos persiguiendo al conejo del consumismo. La estampida pilló desprevenida a Otilia quien, a causa de la fuerza centrífuga, terminó girando sobre sus pies en una pirueta digna de David Bisbal.

– Uy, qué mareos… y no me he traído la Biodramina conmigo… Aysss… Qué malica me he puesto en un momentillo de nada…

Otilia pasó de su rosado color carne habitual al verde en cuestión de segundos pero logró recuperarse y entrar sin tambalearse demasiado en la tienda aunque, desorientada, confundió el baño de señoras con la planta de ropa. Ni siquiera se dio cuenta de su error cuando intentó probarse un lavabo y vio que no le cabía.

–  No se moleste, Señorita – Le dijo a su propio reflejo en el espejo pensando que era una dependienta – Creo que no es de mi talla y, además, el tejido es muy recio. Casi mejor que lo dejo y me voy a mirar otras cosas.

Otilia consiguió salir del baño y finalmente encontró la sección de ropa. Cuando estaba a punto de coger una chaquetilla torera que le había gustado (A pesar de que en realidad eran unas bermudas estampadas), una inesperada explosión sacudió la tienda. En medio de la espesa nube de humo que se había generado aparecieron unas tenebrosas figuras. Los guardas de seguridad del local corrieron hacia ellas, pistola en mano, a ver qué pasaba pero unas veloces manchas negras salieron del humo y los derribaron antes de que pudieran hacer nada, siendo desarmados y maniatados en cuestión de segundos. ¡El comercio estaba siendo atacado por ninjas! (¡Hala! ¿Qué interesante se está poniendo esto de repente, no?). La tienda se llenó de gritos histéricos.

– ¡SILENCIO! – La atronadora voz provenía del centro mismo del humo.

Todas las cabezas de los presentes se volvieron a mirar impactadas.

Uno de los ninjas, cámara de vídeo en ristre, comenzó a grabar la escena apuntando a la voz.

– ¡Acción! – Gritó el ninja.

Un hombre calvo y grueso, de gesto severo, vestido como un científico loco (O como un dentista, que igual eso os da más miedo) y con el dibujo de media calavera roja pintada en la parte derecha de su cara y luciendo un monóculo en su ojo izquierdo y basta ya de describirlo, emergió del humo haciendo una fascinante entrada teatral. Alzó el potente altavoz que llevaba en su enguantada mano derecha y, colocándoselo frente a la boca, se dirigió a su obligado público.

– Buenos días, damas y caballeros, mi nombre es Doctor Monóculo y esto es un secuestro ¡COJ-COJ!… – Tosió – ¡Maldito humo!, ¡Cómo se mete en los pulmones el jodío! ¡COJ!

(Continuará… Si… Probablemente…)

El juego de las palabras (Un relato porno-erótico-festivo)

Nuevamente me he embarcado en la aventura de continuar un relato comenzado por otros. Me he dado cuenta que me motiva el reto que supone que te den un argumento ya fijado y tener que crear algo nuevo a partir de ahí. Es interesante comprobar como cada uno lleva la historia a su terreno y poco a poco da vida a los personajes y las situaciones.

Como todo Meme, este también tiene sus reglas. Primero lee esto y luego vuelve por aquí 😀

En capítulos anteriores:

Manolo está ‘mal del bolo’. Al menos a mi esa es la única explicación que se me ocurre para que un jubilado de 65 años acabase en un prostíbulo y le pasase lo que le pasó.

Según él, iba simplemente a tomar un Gin-tonic para calentarse el cuerpo debido a las bajas temperaturas del exterior, pero el caso es que una de las prostitutas se lo llevó a la cama y como su ‘manolito’ no se le levantaba, le echó algo en la bebida para ayudar. Pero claro, Manolo ya no es un jovenzuelo y tener prácticamente toda la sangre concentrada en una sola parte del cuerpo no es sano, así que hasta tuvo ciertos delirios de los que despertó al percatarse de que la ‘pilingui’ y sus compinches le estaban robando la cartera. El anciano logró incorporarse y salió escopeteado del prostíbulo a perseguirlos sin tener demasiado en cuenta que iba completamente desnudo y con una tremenda erección que no se bajaba de manera alguna…

Y, acto seguido, mi surrealista continuación de la historia:

La comisaria Gabriela Montes no había tenido que hacer frente a caso más rocambolesco que ese en sus ya veintisiete años de servicio en el cuerpo de policía. En esos momentos se encontraba en su despacho reunida con dos curiosos personajes: un sexagenario visiblemente avergonzado y semi-desnudo (En realidad, la patrula nocturna se lo había encontrado completamente en pelota picada pero en comisaría le habían facilitado algo de ropa para taparse un poco la tremenda erección que lucía) y una mujer enana de apenas un metro de estatura que gritaba como una posesa. ¿Cómo era posible que de un cuerpo con la altura aproximada de una chincheta salieran semejantes alaridos?

– Señora, no logramos entenderla con tanto vociferio – Dijo Bernardo, el otro policía que se encontraba en la estancia – Trate de calmarse un poco para que podamos escuchar su versión de los hechos.

La enana, que respondía al nombre de Eduvigis, hizo el mayor de sus esfuerzos por controlar sus nervios. Tan grande fue que parecía que se estaba conteniendo para que no se le escapara algún pedo inoportuno.

– Ya se lo he dicho, estaba yo tranquilamente regando mis geranios…

– ¿A la una de la madrugada? – Preguntó inquisitiva la comisaria Gabriela.

– Las plantas crecen mejor de noche, con la luna llena, ¿No lo sabía?

– Pues no, pero continúe…

– El caso es que en un descuido se me cayó la regadera a la calle.

– ¿Y fue a parar sobre el señor empalmado, aquí presente, que se desnudó porque le habían calado? – Apuntó Bernardo a quien la situación le parecía enormemente divertida.

El pobre Manolo ni hablaba. A cada momento que pasaba sentía más apuro, especialmente porque la comisaria no dejaba de mirarle con evidente curiosidad la descomunal ‘tienda de campaña’ que se alzaba en su pantalón.

– ¡No! ¡No fue así! – Volvió a gritar Eduvigis – Bajé a recoger la regadera y entonces este maldito pervertido – Miró furibunda al anciano – ¡ME VIOLÓ EL OJO!

¡¿QUÉ?! – Exclamaron Bernardo y Gabriela al unísono.

– Verán, – Continuó explicando Eduvigis – es que tengo un ojo de cristal – Y alzó su mano hasta su ojo izquierdo y se lo quitó (Se oyó un ¡Pop!) ante el asombro de los agentes – y, en ocasiones, se me afloja y se me cae. Cuando fui a recoger la regadera del suelo, el ojo se me resbaló y antes de que pudiera colocármelo de nuevo, el pene de este energúmeno se coló en la cuenca vacía… ¡¡ME VIOLÓ EL OJO!!

Bernardo pensó en ese instante que la peculiar Eduvigis era un verdadero desastre; todo se le caía: La regadera, el ojo, las tetas hasta el suelo…

La comisaria Gabriela tuvo un ligero problema con la bebida hacía ya bastantes años (Todo lo ligero que podría considerarse el haberse emborrachado tanto en una noche loca como para acabar casándose con un travesti vietnamita en un viajecito a Las Vegas. Afortunadamente para ella, el travesti se enamoró pronto de un entrenador de aves exóticas y le concedió el divorcio) y no tenía muy claro si lo que estaba viviendo en esos momentos era fruto de las secuelas que posiblemente le habían quedado.

– N-no era esa mi intención – Trató de disculparse Manolo que estaba lo más alejado posible de Eduvigis para evitar que la mujer lo estrangulara o mordiera como había intentado hacía apenas unos momentos – Ya les he explicado que me habían robado y yo corría persiguiendo a los ladrones cuando se cruzó ella y…

– Si, nos hacemos cargo – Dijo la comisaria repasando mentalmente el también disparatado argumento que el anciano les había intentado contar poco antes de que Eduvigis comenzara a gritar y lo interrumpiera.

– ¡No le hagan caso! – Vociferó de nuevo la enana – ¡Me conozco muy bien a los tipos de su calaña! ¡ES UN OBSESO VIOLA TUERTAS!

Gabriela, viendo claramente que la mujer no tenía intención alguna de calmarse, pues ya se abalanzaba de nuevo sobre Manolo dispuesta a dejarle la cara como un cromo, le dijo a Bernardo que sería mejor llevársela a otra oficina para tramitar la pertinente denuncia.

– ¿Y con este qué hacemos? ¿Lo meto en los calabozos? – Preguntó el policía.

– Como lo encerremos en las celdas con eso que lleva entre las piernas, va a hacer ‘amigos’ muy pronto… Igual podríamos usarlo de perchero…

– Señora, por favor, no se burle, que bastante tengo con lo que tengo… – Pidió lastimoso Manolo.

– Tiene razón, perdóneme. Bernardo, aproveche y llame al doctor Sigüenza.

– ¿Al veterinario?

– Si, probablemente sólo él sea capaz de hacer algo con esa erección de caballo…

***

Yyyyyy… (Redoble de tambores) mi querida Getzsemane será la encargada de continuar esta peculiar historia ;P

Hijo de la Nieve.

Sin razón aparente, y con la pronta cercanía del Invierno, una pequeña chispa prendió entre la hojarasca que había dejado el Otoño convirtiéndose en una peligrosa llama. El Fuego enseguida se hizo fuerte con tanto combustible cercano y creció en intensidad y calor. Envalentonado, inició una macabra danza abrasando todo aquello que le rodeaba y engrandeciéndose conforme avanzaba. Su poder era tal que las pocas nubes que cobijaba el cielo murieron antes de lograr arrojar gota alguna. El suelo se secaba a su paso, se agrietaba y ennegrecía. Nada vivo podía resistirlo. Hasta el Sol parecía empequeñecerse ante un poder tan diabólico.

No muy lejos de donde había comenzado todo, en la arcana Torre de los Hielos, la Reina Nieve terminaba de tejer el frío manto que pronto vestiría la tierra. Pensaba en lo poco que quedaba para que sus queridas lechuzas (En la Torre había miles de ellas) elevasen a los cielos la magnífica colcha en la que había estado trabajando tan afanosamente a lo largo del año, y la dejasen caer suavemente sobre su lecho natural. Pensaba en la alegría que se llevarían los niños cuando les rodeasen millones de copos que pintarían el paisaje de blanco. ¡Cómo jugarían con la nieve!, ¡Cuántas risas se oirían! Tan solo por escuchar esa música cristalina nacida de los labios de los pequeños, la Reina Nieve sentiría que su trabajosa tarea habría merecido la pena y disfrutaría del momento en compañía de su hijo, aquella criatura a quien tanto amaba y que era la fuerza que la empujaba a vivir. Un hijo encantado, nacido del hielo que la rodeaba.

Cómodamente sentada en su sillón, tejía los últimos puntos de la gigantesca tela y observaba al niño de sus ojos jugando a sus pies con una bola de nieve a la que daba la forma de un pequeño elefante. Había hecho la trompa demasiado grande y la frágil figurita no se sostenía en pie pero el pequeño ya estaba empezando a corregir su fallo. La Reina Nieve sonrió al comprobar el logro del jovencito pero su sonrisa se le tensó rápidamente en la cara transformándose en una mueca de terror. Sus ojos se abrieron desmesuradamente incapaces de creer la escena que estaban contemplando, incapaces de explicarla. Cuando empezó a percibir el cambio de temperatura fue consciente de todo y la gota que se deslizó por el brazo del niño no dejó lugar a la duda. Su hijo se estaba derritiendo…

Presa del pánico más absoluto lanzó un grito pero era tal el miedo que sentía que su garganta fue incapaz de emitir sonido alguno. Tiró al suelo su trabajo y abrazó a su pequeño en un vano intento de protegerlo pero se dio cuenta que el propio calor de su cuerpo solo conseguiría empeorar la situación. Dejó a su asustado niño en el lugar más frío de la estancia intentando retrasar el mal que lo aquejaba. ¿Qué ocurría en su mundo helado? Debía averiguarlo y ¡Pronto!. Quizá no quedase demasiado tiempo. El calor era insoportable. Miró por las ventanas de la fortaleza y finalmente la vio. La terrorífica llama caminaba hacia la Torre amenazando con consumir todo su reino. Tenía que evitarlo como fuera.

Primero envió al Viento Helado para apagar el Fuego pero este, poderoso y brutal resistió. El Viento sólo consiguió azuzarlo aún más empeorando la situación. Ya no era un simple Fuego, se había trasformado en un dañino Gigante ígneo que sonreía maléficamente. Era la viva imagen del horror y su cercanía traía la Muerte.

La Reina Nieve suplicó al Gran Fuego que se detuviera, que perdonase la vida a los habitantes que moraban en el reino helado, pero viéndose invencible, el Gigante de Fuego la ignoró. Desesperada, ordenó a sus lechuzas coger la manta nevada y lanzarla sobre el monstruo. La nieve, convertida en agua al contacto con el calor, se precipitó con violencia sobre la extensa llamarada logrando reducir a la mitad la intensidad y fuerza del Gran Fuego. Este, enfurecido, arremetió contra el Torreón lanzando hirvientes flechas que alcanzaron a gran parte de las lechuzas que habían quedado rezagadas. La Reina Nieve sintió un inmenso dolor al presenciar la muerte de sus leales sirvientes pero ya nada podía hacer por ellas, ya nada podía hacer por nada. Había perdido la batalla pues no le quedaba con qué contraatacar. Tan solo podía huir con su pequeño pero… ¿Dónde estaba su hijo?. A sus pies vio un pequeño charco, del tamaño de un niño. Destrozada, rompió a llorar…

Y su pena fue tan grande que las lágrimas de sus ojos se convirtieron en Mar y la tierra se regó con su llanto. La fuerza de su dolor llegó hasta el Fuego caprichoso que sintió miedo y suplicó clemencia pero su ruego no fue escuchado como tampoco él atendió a las súplicas de la Reina Nieve, y con la furia que nace del dolor más puro, el Fuego fue barrido por la triste marea.

Cuenta la leyenda que, desde entonces, el Invierno es una estación sombría y cruda como reflejo de un corazón roto que no encuentra consuelo pues ni el tiempo logra acallar tan inmensa pena. Y cuando nieva, lo que vemos es el llanto de una madre a la que le fue arrebatado su hijo y se halla perdida en la inmensa soledad de su helado destino.

Mal día para disgustos (2ª Parte)

11. Chesire: ”Mal día para disgustos (2ª Parte)”

Diana se parecía poderosamente a un monstruo emergiendo de un pantano. Chorreando barro por los cuatro costados, intentaba limpiarse lo mejor que podía con el pantalón del pijama que había metido antes a rebullo en el bolso. Pedro y Sofie la reconocieron, salieron disparados de la cafetería y se acercaron a ayudarla.

Diana… ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado? ¿Te ha atropellado un alfarero? – Preguntó un alarmado Pedro que no podía evitar bromear en los momentos de tensión (Era su forma de sobrellevarla). Sofie se había quedado directamente sin habla pero acertó a coger a Diana por la cintura pues parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro.

– Taxi… abejitas… charco… – Farfullaba Diana incoherentemente mirando alternativamente a su marido y a su novia – Abejitas…

– Creo que ha sufrido un shock – Logró decir Sofie finalmente.

– ¡No! – Diana pareció despertar de un mal sueño – No… estoy bien… de veras. Solo necesito algo caliente. Vayamos a la cafetería… Por favor…

Entre los tres lograron asearla lo mejor posible dadas las circunstancias. Pedro le puso su americana sobre los hombros y Diana consiguió, a duras penas, presentar un aspecto algo más digno. Menos mal que en la cafetería casi no había gente. Aun con eso no logró evitar que todos los ojos se posaran sobre ella pero, teniendo en cuenta sus pintas, era comprensible. Tras beber el primer sorbo de la manzanilla que había pedido se sintió con más fuerzas y mejor.

Entonces comenzó el drama.

Pedro y Sofie no la dejaron hablar. Empezaron a discutir entre ellos sobre quién tenía más derechos para quedarse con el amor de Diana. Por supuesto, a Diana no le preguntaron en momento alguno. Como si no estuviera presente. Diana sabía perfectamente que ambos eran muy tercos y competitivos por lo que estaban diciéndose el uno al otro, como en un concurso, todo lo que habían hecho por la mujer que amaban. Diana desistió de su empeño en entablar conversación. Tal vez fuera mejor así. No tenía que preocuparse de nada. Quien venciera en ese absurdo combate dialéctico se quedaría con ella. O, al menos, eso parecían creer ellos. Indudablemente Diana tendría la última palabra, aunque la elección se antojaba complicada pues los quería a los dos. Aburrida, tomó otro sorbo de su infusión y, de repente, notó algo extraño en el interior de su boca, algo inesperado que cayó hacia el fondo de su taza. Lo miró un segundo y comprendió que el trompazo que se había dado contra el suelo había tenido sus secuelas.

– Fe me ha faído un fiente – Dijo sorprendida.

– ¡¿Qué?! – Preguntaron Pedro y Sofie al unísono volviéndose hacia ella.

– Fiente – Trató de aclarar Diana señalándose inocentemente la boca, mostrando un hueco donde antes no lo había.

– Hay que ir al médico – Dijo Sofie al instante – Tal vez te hayas roto algo más

– ¡Tú no eres quién para decidir lo que tenemos que hacer! – Le gritó un exasperado Pedro.

Y la discusión volvió a empezar. Diana se quedó perpleja observándolos y pensando si no hubiera sido mejor haberse planteado convertirse en una solterona rodeada de gatos toda su vida. Resignada, cogió la cucharita que le habían traído con la manzanilla y trató de rescatar el diente suicida. Lo sacó del fondo de la taza, lo limpió con una servilleta y lo cogió entre dos dedos mirándolo con curiosidad. Estaba intacto. Lo iba a guardar para ver si su tío, que era dentista, podía hacer algo para volver a colocarlo en su sitio.

Sofie siempre había sido muy expresiva. En condiciones normales movía continuamente las manos dando énfasis a sus argumentos, en condiciones tensas como aquella las meneaba exageradamente. Por eso no era de extrañar que le diera sin querer un manotazo a Diana. El diente voló por los aires cruzando media cafetería pero Diana no logró ver dónde había caído. Estaba empezando a pensar si la situación que estaba viviendo no sería fruto de una desagradable broma de cámara oculta y se puso a mirar nerviosamente a su alrededor.

– ¿Qué haces? – Le preguntó su marido al percatarse.

– Bufco laf cámaraf.

– ¿Qué? ¿Qué cámaras? – Dijo extrañada Sofie.

– ¡Ay, Dios mío, que se ha quedado tonta por el golpe! – Exclamó Pedro visiblemente asustado.

– ¡Ya decía yo que había que ir al Hospital! – Añadió una alarmada Sofie.

En ese mismo momento una señora, que hasta hacía apenas unos segundos estaba tranquilamente tomando su café y leyendo la prensa en una mesa no muy lejana, comenzó a toser y a gritar airada.

– ¡¡¡QUÉ ASCO!!!! Cog-cog-cog ¡¡¡¡CAMARERO!!!! Cog ¡¡¡¡HAY UN DIENTE EN MI CAFÉ!!!!

– Ahh… ¡For fin aparefes! – Exclamó Diana contenta.

Pedro y Sofie miraron a Diana y luego miraron a la señora incrédulos. Diana se acercó cojeando a la mujer (Debido a su tacón roto), le pidió disculpas y cogió su diente ante la sorpresa de todos. Pedro y Sofie fueron a hablar cuando Diana volvió a la mesa pero ella los cortó tajante.

– ¡¡¡Callarof ya lof dof!!! Fengo fe decirof algo… – Estaba cansada de que no la dejasen hablar y había llegado el momento de ser escuchada. Tomó aire y, con la mayor serenidad que fue capaz de reunir, soltó una bomba – Eftoy embarafada.

Fue entonces cuando Pedro se cayó de la silla desmayado.

Al parecer si que iban a tener que hacer una visita al Hospital después de todo…

Y la historia es continuada por:

12. Pablo: Desmayo
13. Elena: Desayuno de los Subterráneos
14. Valeria: Quien llegue primero
15. Amazona en la centella: Hoy ya es mañana
16. P&P: Fracasos
17. Azo: Tras la barra
18. Aitor: Pajarillos de París (2ª Parte)
19. Elena: Mejor que yo
20. Musa: Amor en medio de la confusión
21. Elena: Un cuadro impresionista

Mal día para disgustos (1ª Parte).

Esta historia continúa a las escritas por:

1. Rosa: Una vida en común
2. Amazona en la centella: Despiértame mañana
3. Machadiano: Caricias
4. Maduixeta:
¿Nos tomamos un café?

Visita sus respectivos blogs antes de empezar a leer este relato. Puedes acceder a ellos directamente desde el título de sus textos ;P

 

5. Chesire: ”Mal día para disgustos (1ª Parte)”

Ya se lo dijo aquella vez esa vidente tan extraña:

– Tú, los Viernes, mejor no salgas de casa.

Vaya predicción más tonta pensó Diana entonces pero ahora no lo tenía tan claro. Era Viernes y Pedro, su marido, con quien las cosas no iban tan bien como debieran, había descubierto su secreto y estaba en un café de París hablando con Sofie. Al menos, eso es lo que le había dicho Pedro por teléfono.

– ¡Mi marido y mi amante… juntos!. Está claro que hoy me ha mirado un tuerto.

Estaba todavía vestida con el gracioso pijama de flores y abejitas que se compró en las rebajas pero ni se dio cuenta por culpa de los nervios y salió con él a la calle junto con su bolso, no sin antes calzarse los tacones (La elegancia ante todo).

Corrió como alma que lleva el Diablo y cruzó a la otra acera en donde sabía que iba a poder parar un taxi más fácilmente sin percatarse de que la gente la miraba como si estuviera loca. Cuando divisó uno se llevó dos dedos a la boca tratando de silbar para pararlo y cayó en la cuenta de que nunca había aprendido a silbar así que se puso a agitar los brazos como en una poco afortunada coreografía de videoclip que le hacía parecer un chimpancé pero sin agilidad alguna. A pesar de eso el taxista la recogió.

Diana le indicó la dirección a donde debía ir mientras rebuscaba apresuradamente en su bolso un espejito, el pintalabios y el colorete. Quería, al menos, darles a Pedro y Sofie la impresión de que estaba calmada y que tenía la situación bajo control. Cuando ya llevaban varios minutos de trayecto, y tras no pocas miradas de reojo, el taxista se decidió a hablarle:

– Señorita, no es por meterme donde no me llaman pero… ¿No cree usted que está un poco crecidita para jugar a las pijamadas?

Diana le miró sin comprender y entonces se miró a si misma y, tras verse llena de abejitas y flores y deducir que no era Primavera pues estaban en pleno Octubre, abrió los ojos como platos y comenzó a gritar enloquecida. En la otra punta de París, Blanche Dubois, una anciana sorda de nacimiento, descubrió asombrada que tal vez no había perdido su oído del todo.

– Que se pare el mundo que yo me bajo – pensaba Diana mientras el taxista trataba de calmarla. El hombre consiguió convencerla de que se tranquilizara. Había varias tiendas de ropa cerca y podían parar y comprar algo en ese mismo momento así que eso hicieron.

Diana se llevó unos pantalones y una blusa sencillitos, que París podía ser la capital mundial de la moda pero no estaba ella para exquisiteces con lo que se le venía encima. Como ir de compras siempre la relajaba, pronto se encontró más calmada y empezó a pensar en lo que iba a decirles a Pedro y Sofie cuando los viera. Estaba tramando una elaborada explicación en el taxi cuando el conductor le informó de que ya habían llegado. Diana insistió en pagarle al taxista aunque este le dijo que no era necesario (La pobre muchacha le daba pena) así que acordaron que el mejor pago sería un beso en la mejilla y un ‘gracias’ por la ayuda. Cuando Diana bajó del coche pensó que, después de todo, algo le salía bien. Bueno, lo pensó durante dos metros de calle, justo antes de rompérsele un tacón al quedarse enganchado en un adoquín y caerse de bruces sobre un enorme charco embarrado, posiblemente el único charco que había quedado en París tras la escasa lluvia del día anterior.

Definitivamente ese Viernes no tenía que haber salido de casa…

Y sigue la lista…

6. Mara: Una misma piel
7. Maribel: Algo en común

8. Gabriela: Más allá de la distancia
9. Aitor: Pajarillos de París (1ª Parte)
1o. RöB Dangal: Desesperado

Yyyyy… Esto continúa en la siguiente entrada con la segunda parte de este relato 🙂

Ataulfo y Felisa: En lo bueno y en lo malo.

Si hubierais entrado a hurtadillas en la casa de Ataulfo y Felisa para observarlos sin ser vistos, os habríais dado cuenta de que, a pesar de que en un principio pudiera parecer lo contrario, esos dos se querían con locura. Si no, sería complicado explicarse una convivencia tan caótica como la que ellos llevaron y es que, llega un momento de la vida en que, tras tantos años juntos como matrimonio, o te lanzas la vajilla a la cabeza (Casi mejor que no, que habría que comprar una nueva) o definitivamente aceptas las rarezas de la otra persona. No hay más opciones. Afortunadamente, Ataulfo y Felisa decidieron seguir el camino de la aceptación y eso que no era nada sencillo pues ambos eran bien peculiares. Debe ser que, efectivamente, los polos opuestos se atraen.

Felisa era bajita y regordeta, como una albondiguilla, el prototipo perfecto de ‘Maruja’ con rulos y bata de boatiné. Si hubieseis preguntado a los vecinos del bloque en el que vivía, os hubieran dicho que tenía un corazón enorme… Y una lengua igual de grande. Hay quien llegó a afirmar (Seguramente su marido) que la famosa frase de: ‘No calla ni bajo el agua’ la crearon por ella (Pero no hay datos que lo corroboren). Felisa además tenía un vocabulario de invención personal (Como decía Ataulfo: ‘No contenta con utilizar toas las palabras conocidas del lenguaje español, ha decidido fabricarse unas cuantas nuevas pa poder seguir hablando’). Así, si os hubiera invitado a comer algún día (Que para algo trabajó muchos años en la hostelería como excelentísima cocinera), seguro que os habría preparado sus famosas ‘concretas con azanoria’ o, si prefirierais pasar una velada cinéfila en su compañía, os recomendaría la última ‘perícula’ que hubiera visto. Era un caso esta Felisa

¿Os imagináis a un hombre apuesto, elegante y con una buena mata de pelo?

¿Si?

Pues Ataulfo era justo lo contrario. Su cara era casi un insulto para los cánones de belleza clásica (De hecho, incluso en el Barroco, hubiera llamado la atención por su nariz prominente y sus despegadas orejas de soplillo, rasgos que se veían acentuados por la galopante calvicie que presentaba). Aunque su rostro era más idóneo para un film de terror de la Hammer, había algo que no se podía negar y es que era buena gente, muy gruñón eso si, pero buena gente al fin y al cabo. Era muy tranquilote y amaba el silencio por encima de todas las cosas. A pesar de que el labio inferior de Ataulfo, bastante caído, era como una pista de despegue para las palabras, lo cierto es que no hablaba mucho (Y casi mejor porque le pegaba patadas al diccionario constantemente). Era más bien callado pero cada vez que abría la boca era como si dictara sentencia. Según él, ya decía demasiadas cosas en su trabajo (Era taxista) y cuando llegaba a casa no tenía apenas ganas de hablar. Invertía durante la jornada tantas letras en sus clientes que no le quedaban más. Felisa parloteaba suficiente por los dos.

Si algo estaba claro era que, por mucho que se debatiese sobre el ideal de amor romántico en libros y películas, la realidad de la vida se imponía en el caso de Ataulfo y Felisa. No eran en absoluto perfectos pero se querían intensamente.

Eso era lo que realmente les hacía especiales. 🙂

Un poquito de Humor Negro.

Todos tenemos conversaciones extrañas en nuestra vida. Esas conversaciones suelen darse en los momentos más inesperados. Por ejemplo, en mitad de la cena.

Resulta que estábamos tranquilamente a punto de tomar el postre cuando mi señora madre decide sacar a debate un tema fantástico: La incineración de los muertos. Ya ves tú… Un momento tan propicio para hablar de esas cosas como cualquier otro. De hecho me he quedado tan impactado que ni siquiera me acuerdo de a qué ha venido el comenzar a charlar sobre eso. El caso es que ella, como una experta forense o similar nos ha relatado que a una pareja la pueden enterrar por separado o junta. (La segunda opción supone que si una de las dos partes ha fallecido antes que la otra, se sacan los restos precedentes, se envuelven en una sábana y luego se juntan ambos cuerpos en el mismo nicho). Y claro, mi cabecita, que es muy suya, ya se ha imaginado la escena en clave de comedia:

Ataulfo fallece dos años antes que Felisa. Cuando a Felisa le llega su hora se reúne con su marido en pleno ataúd:

– Que bien Ataulfo… Otra vez juntitos… Te he echado taaaanto de menos… (Felisa siempre quiso mucho a su marido, especialmente cuando este no se encontraba en casa).

– ¡Cagontóloquesemenea! ¡Felisa quita de ay riba mujer! ¡Que tienes los pies fríos! (Ataulfo siempre fue un poco Bestia. Su falta de tacto era uno de sus muchos encantos…).

– ¡Ay, Ataulfo que poco respeto me tienes! ¡Que estoy muerta! (Felisa siempre fue experta en recalcar lo obvio).

– Y yo Felisa… ¿O te crees que he seguido una dieta pa quedarme en los huesos? ¡Si es que no se pué ni descansar en paz! (Ataulfo siempre tuvo el cinismo a flor de piel. Y muchas pecas… Pero eso no viene al caso).

– Buaaaa… Ya no me quieres… Seguro que has conocido a otra… (Felisa siempre fue muy insegura).

– Al único que he conocido es al enterrador. ¡Y no es mi tipo! (He dicho ya lo del cinismo de Ataulfo, verdad?).

– ¡No te burles o te arreo un guantazo! (Felisa era conocida en su pueblo como la ‘Cassius Clay’. Mejor no cabrearla).

– Que sí ‘profiterol’ mío… Que te sigo queriendo… Y no me llores mas que aquí dentro las humedades no son buenas. (A Ataulfo siempre le preocupó mucho el Medio Ambiente).

– Ay, Ataulfo… Qué feliz estoy de poder pasar la eternidad contigo… (En el fondo, Felisa siempre buscaba lo positivo aunque, durante una etapa de su vida, se conformó con buscar pelos en la calva de su marido. Inexplicablemente no encontró ninguno).

– Y yo, cielito… Pero como te muevas mucho y no me dejes dormir, pido un cambio de nicho. (Ataulfo siempre fue muy dormilón. Estar muerto era como pegarse un atracón de siestas no dormidas).

– Que poco romántico que has sido siempre Ataulfo (Como se ha dicho anteriormente, Felisa tenía una especial habilidad para recalcar lo evidente).

En fin… Los matrimonios… Que siguen siendo matrimonios incluso en tan curiosas circunstancias… 😛

Mwezi Kati (4ª Parte)

He de terminarlo.

Mwezi Kati (3ª Parte)

Eka sintió algo. Tal vez el residuo de una llamada de auxilio. La anciana se sobresaltó pero no permitió que la madre de Suli se percatara y continuó aplicando los ungüentos sobre el cuerpo del niño como si nada hubiera ocurrido. La Chamán había notado claramente una sensación de peligro. No podía haberlo imaginado. Era algo tan real. Miedo y sorpresa enlazados. Pero… ¿De dónde le llegaba esa sensación?. ¿Quizás Mukalai en una situación de tensión?… ¿Acaso era posible?. Tan pocos podían hacerlo… Si así fuera eso significaba que…

Debía estar atenta por si había una próxima vez.

* * *

A Mukalai cada vez le resultaba más costoso escalar la Gran Montaña. A su cansancio se unía una pendiente escarpada y resbaladiza que le obligaba a mantenerse alerta en todo momento. No solo no debía distraerse porque el tiempo era esencial para lograr su propósito, sino que tenía que estar con los ojos bien abiertos por si otro animal salvaje se cruzaba en su camino. Afortunadamente el leopardo parecía no haberle seguido y, seguramente, estaba haciendo la digestión tras su copiosa cena. Al menos ese era el deseo que albergaba el muchacho.

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el comienzo de su escalada?. Si tan solo pudiera saberlo. Durante el día resultaba sencillo calcular las horas pero por la noche la tarea se convertía en algo mucho más complicado e inexacto. Tan solo sabía que cuando las primeras luces del alba acariciaran la cima de la montaña, él ya debía estar allí teniendo en sus manos la planta que podía salvar la vida de su hermano.

Un extraño sonido llegó a los oídos de Mukalai. Algo rítmico y acompasado. Conforme ascendía se hacía cada vez más perceptible. Y más atrayente. Pronto divisó un saliente sobre su cabeza y al alcanzarlo se encontró en un llano por donde serpenteaba un camino que conducía hacia el sonido: la música de un tambor lejano. Nada sabía de lo que el Destino podía disponer para él en esa ocasión pero, teniendo en cuenta que esa misma noche había hablado con un enorme espíritu con forma animal y una mujer cuyo cabello era niebla e incluso había volado a lomos de una cebra, Mukalai empezaba a creer que cualquier cosa era posible. Por eso casi ni se inmutó al contemplar una extraña escena. Un extraordinariamente delgado anciano, sentado sobre una roca, tocaba el Djembe y reía sin parar. A su lado, tres bailarinas de fuego nacían de una hoguera y danzaban enfebrecidas al son de la música. Curiosamente, esta vez fueron los espíritus los que se sobresaltaron al descubrir la presencia del muchacho. El anciano dejó de tocar bruscamente y miró al chico con recelo.

¿Intentas escalar la Gran Montaña? – Preguntó con una voz cascada y reseca.

– Así es. Tengo una misión que cumplir – Contestó Mukalai con cierto tono de desafío.

El decrépito viejo volvió la vista hacia las mujeres ígneas que cuchicheaban unas con otras tras oír la respuesta del joven. Sus palabras sonaban como el ruido que hace el incendio de un bosque.

¡Callaos malditas chismosas! – Bramó el anciano asustando a las bailarinas – Cualquiera que emprende semejante tarea merece el mayor de los respetos. Tal vez sea un héroe… o un insensato.

El viejo sonrió a Mukalai mostrando una dentadura digna de la peor pesadilla. Los dientes le habían crecido dentro de la boca sin orden alguno y era fácil encontrarse con dos o tres apelotonados unos sobre otros frente a algunos excesivamente distanciados. El anciano se levantó para dirigirse al muchacho. Vestía con diversas pieles de animales que parecían haber sido unidas entre si por alguien que era la primera vez que cosía en toda su vida y quedaban descolgadas por algunos lados y cortas por otros. Su aspecto era francamente grotesco.

Supongo que tienes motivos muy firmes y nobles para arriesgar tu vida de semejante manera pero antes de que continúes tu camino es necesario que escuches la historia que voy a contarte: Nehanda y Basilu eran dos amantes avocados al infortunio. Lo sabían incluso antes de huir de su poblado oponiéndose a lo que sus familias habían elegido para ellos. Nehanda era la hija del jefe de la aldea y buscando mejorar las relaciones con una tribu vecina había sido prometida a Bomani, cabecilla de un clan guerrero. Pero el Destino, que a tan extraños juegos juega, hizo que su corazón solo se conmoviera ante la presenciase de Basilu, el hermano pequeño de Bomani. Y él quedó preso de su belleza la primera vez que la vio. Apenas restaban unos días para las nupcias y la situación de los amantes era tan desesperada que decidieron escapar lo más lejos posible. Sabían que les perseguirían en cuanto se dieran cuenta de la huída y que si les encontraban eso significaba la muerte para ambos, pero si existía la más mínima posibilidad de lograr estar juntos tenían que aprovecharla. Su escapada les llevó hasta las faldas de la Gran Montaña. Parecía un buen refugio pues muy pocos se atrevían a adentrarse en sus terrenos a causa de las leyendas que se cuentan sobre el mágico lugar. Puede que siguieran sus huellas, pero cuando descubrieran su paradero preferirían no arriesgarse. Basilu conocía bien a su hermano y sabía que Bomani, a pesar de su fama de fiero guerrero, era un hombre temeroso de los espíritus. Nehanda y Basilu creían que podían aprovecharse de ello pero la Gran Montaña somete a duras pruebas a todos aquellos que quieren cruzarla y solo unos pocos elegidos pueden completar su escalada. Los amantes… no formaban parte de esos elegidos. El Amor que les había unido fue minándose con el paso de los días y la situación en la que se encontraban. Vivían encarcelados en medio de la Sabana. Su confianza se volvió quebradiza y la Gran Montaña lo sintió. Ni siquiera hizo falta que Bomani descubriera su paradero. La Gran Montaña castigó esa falta de Fe en sí mismos… con crueldad. – El anciano agarró a Mukalai por los hombros con fuerza inusitada y con una expresión casi de desespero en su rostro – ¿Crees en tus posibilidades muchacho?.

Mukalai no se esperaba eso. Cuando antes de emprender el viaje la Chamán le dijo que su Fe iba a ser probada supuso que se refería a sus creencias religiosas, ante las cuales no albergaba dudas, pero que alguien le preguntara si creía en sí mismo le había sorprendido. No obstante, Mukalai tal vez tuviera incertidumbre en su corazón puesto que se estaba enfrentando a algo desconocido para él pero su propósito era firme y sus convicciones permanecían inmutables desde el primer momento. Su respuesta fue afirmativa.

Entonces ya estás preparado para afrontar la primera prueba – El anciano le indicó la senda por la que debía seguir. El muchacho agradeció su ayuda al viejo y se dispuso a continuar su camino. De repente las bailarinas de fuego se pusieron frente a él formando una barrera e impidiéndole el paso.

– ¿Qué significa esto? – Mukalai se volvió hacia el anciano en busca de explicación.

Te lo he dicho. Tu primera prueba.

Mukalai se quedó momentáneamente paralizado. A decir verdad, el muchacho no estaba seguro de como enfrentarse a aquella situación. Si al menos hubiera agua por alguna parte podría intentar lanzarla sobre las mujeres para apagar las llamas. Pero no era el caso. No tenía nada con que ayudarse contra el fuego. Se le pasó por la cabeza la loca idea de agarrar al andrajoso anciano y arrojarlo contra las bailarinas. Con un poco de suerte se apartarían dejando el paso libre. Claro que ese pensamiento era demasiado ruin y dudaba mucho que fuese la solución a su problema.

El viejo había insistido en que la Fe en sí mismo le ayudaría a superar el reto así que a Mukalai solo se le ocurría una cosa que hacer. Era una idea tan descabellada como la de usar al anciano como escudo pero no tenía otra. Si no funcionaba… Mejor no pensarlo. Tenía que funcionar. ¡Debía funcionar!.

Cerró fuertemente los ojos y se lanzó corriendo hacia las llamas.

Y no sintió nada.

Nada le quemaba.

¡Bravo!.

El grito del anciano le obligó a abrir los ojos. Mukalai había atravesado el fuego sin consecuencias de ningún tipo y las bailarinas quedaban a unos metros detrás de él. De hecho estaban riendo. Parecían tan contentas como el viejo. El muchacho se dejó contagiar por la alegría. Había superado la primera prueba. La confianza en sí mismo, su valor y una pizca de temeridad habían obrado el milagro.

¡Lo has logrado chico!, ¡Lo has hecho!. – Dijo el viejo mientras le lanzaba algo. Mukalai lo atrapó en el aire. Era un pequeño fardo de tela. Lo abrió y dentro había un cuchillo. – Puede serte útil para el siguiente reto. Pero dale uso únicamente si es necesario.

– Gracias – Repuso el muchacho con una enorme sonrisa. El anciano también le sonreía. Mukalai creyó ver que sus dientes estaban perfectos, su ropa era más vistosa, parecía más corpulento y, tal vez, era un poquito mas joven. Pero claro, con la euforia que sentía en esos momentos no era de extrañar que tuviera visiones.

Contento con su triunfo, Mukalai se despidió del viejo y de las mujeres de fuego y continuó su camino dispuesto a afrontar con renovadas energías la siguiente prueba.

* * *

Eka recogió los paños mojados en los que había secado la fiebre de Suli y los escurrió en un cuenco. El niño había empezado a recuperar el color de las mejillas y ya no deliraba en sueños pero estaba todavía lejos de curarse. Acarició el hombro de la madre del jovencito que permanecía a los pies de la cama, pendiente de su pequeño, y salió de la casucha a respirar un poco el aire. Necesitaba relajar las piernas y desentumecer sus doloridos músculos. La luz de la Luna le recibió con agrado. El poblado dormía. Tan solo los guardianes permanecían despiertos. Se estiró como si acabara de despertarse y escuchó como crujían sus huesos gastados por los años.

Eka, vieja amiga, ya no eres una chiquilla. – Se dijo. Sonrió para sí misma liberando las tensiones acumuladas y cerró los ojos descansando momentáneamente la vista. De repente, un estallido en su cerebro. Una imagen le vino a la cabeza. Una sensación de nervios, violencia y pánico. La anciana cayó de rodillas sobre la arena.

– ¡Mukalai! – Pronunció en un grito ahogado. Tenía que enfocar la visión. Era necesario. Si no jamás podría ayudar a muchacho. Trató de calmarse pero era complicado pues, en esos momentos, estaba sintiendo lo mismo que sentía Mukalai. El corazón se le salía del pecho. No podía dejar que las emociones nublasen las imágenes que le llegaban. La anciana respiró profundamente varias veces seguidas y se concentró al máximo.

* * *

(CONTINUARÁ)

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